ES EL ECO DE UNA INFANCIA QUE PIDE SER SANADA
Hay verdades que solo se ven cuando dejamos de mirar el síntoma y empezamos a mirar el alma. La adolescencia no es una ruptura, es la continuación de una conversación que comenzó en la cuna.
Nos han enseñado a temer la adolescencia, a verla como una tormenta que debemos "aguantar" hasta que pase. Pero si nos detenemos a escuchar, entenderemos que el caos del adolescente no es un error de sistema; es un acto de honestidad biológica. Bajo el rigor de la neurobiología y el calor de nuestra propia historia, comprendemos que este periodo es la frecuencia de resonancia de los abrazos que faltaron o de las palabras que nunca se dijeron durante la infancia. Si hoy hay un grito, es porque ayer hubo un silencio que dolió demasiado.
La infancia no queda atrás; se queda dentro. Durante los primeros años, el niño no solo aprende a caminar, aprende a ser amado. Esa forma de amor es el plano sobre el cual el adolescente intenta construir su propia identidad.
Lo que etiquetamos como "rebeldía" suele ser el primer intento desesperado de un alma por establecer su soberanía después de años de sentir que no tenía voz.
El cerebro no olvida la sensación de seguridad. Cuando un adolescente se siente "perdido", a menudo está buscando el camino de regreso a un refugio que nunca terminó de construirse en su niñez.
2. Cuando el comportamiento se vuelve difícil, la sociedad pide corrección. Nosotros pedimos conexión. Miramos más allá de la máscara para encontrar la raíz:
El adolescente que desafía las reglas a menudo es el niño que aprendió que solo existía cuando causaba problemas. Su "mala conducta" es un "mírame, sigo aquí".
La apatía o el aislamiento extremo son, con frecuencia, escudos levantados por quien teme que, si muestra su verdadera esencia, volverá a ser incomprendido o rechazado.





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