Esgrima de espejos en el camposanto de los sueños
Autor: CRONISTA FELINO
La Habana no es una ciudad; es una escenografía que se desmorona bajo el peso de dos realidades que colisionan, violentas, en el mismo adoquín. Existe, por una parte, la fachada de la supervivencia: esa existencia que se tensa hasta la fractura, donde el grito de "nos están matando" —título de esta crónica y lamento de una isla que se desangra— no es una licencia literaria, sino la crónica cruda de una asfixia cotidiana. Por la otra, gravita la realidad del visitante, el extranjero que transita la capital bajo el barniz de una nostalgia alquilada, ignorante —o cómplice— de que, bajo la superficie de La Habana Vieja, late una miseria que ya no pide permiso para existir. No estamos ante un conflicto de opiniones, sino ante una fractura ontológica donde la verdad es un artículo de lujo que depende de qué pasaporte se porte en la chaqueta.
La desesperación que brota de los barrios periféricos, allí donde el Estado de derecho es una entelequia y el plato de comida una victoria pírrica, choca contra el muro de una narrativa oficial que ensalza la resiliencia como virtud cuando no es más que el eufemismo de la carencia. Cuando un habanero susurra que los están matando, no alude a una ejecución sumaria en el sentido estricto, sino a una erosión metódica del espíritu; a la muerte lenta de los proyectos vitales y a una juventud que comprende, con la frialdad del náufrago, que la huida es el único acto de soberanía posible. Es una guerra de desgaste donde el enemigo es el tiempo, la escasez y una burocracia que ha reducido la existencia a un funambulismo permanente sobre el vacío.
El observador externo, seducido por la luz atlántica y el aroma a tabaco barato que intenta —sin éxito— enmascarar el hedor de las aguas negras, se convierte a menudo en el arquitecto de este espejismo. Al elegir el filtro de la postal, el visitante condena al residente al silencio más absoluto. Se erige así un abismo donde la miseria se transmuta en estética, un atrezo para el consumo digital, mientras el habitante del barrio lucha contra la demolición física de su entorno y la demolición moral de su futuro. Es una forma de turismo que se nutre de la ruina ajena, convirtiendo la tragedia en una curiosidad geográfica que se degusta con la misma ligereza que un mojito al atardecer.
La realidad cubana es, hoy, una esgrima de espejos. La dictadura de la necesidad ha despojado al ciudadano de sus certezas, dejándolo a la intemperie frente a una autoridad que se aferra al pasado como tabla de salvación en un océano de ceniza. Mientras tanto, el mensaje de auxilio resuena en las paredes de casas apuntaladas que amenazan con derrumbarse, recordatorio inclemente de que en esta ciudad, la estructura —física y social— se encuentra a un paso del colapso definitivo. "Nos están matando", claman los muros, pero el ruido del tambor y la risa fingida de los hoteles de lujo ahogan cualquier estridencia que rompa la armonía del negocio.
Nos enfrentamos a una tragedia silenciosa donde el peligro no es la opresión manifiesta, sino la normalización de la decadencia. Si La Habana es el espejo de una nación, es un espejo fracturado por mil golpes; cada fragmento refleja una versión distinta de la desesperanza. La soberanía de un pueblo no puede medirse por la capacidad de sus gobernantes para resistir el paso del tiempo, sino por la dignidad que permite a sus individuos. Y en esa métrica, La Habana es hoy un camposanto de sueños esperando a que alguien, finalmente, se atreva a llamar a la puerta.

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