La Suprema Corte y el espectáculo

 

 La frivolidad en el recinto sagrado

Autor: PROFESOR BIGOTES


La solemnidad de la Suprema Corte no es un adorno de despacho, sino el dique último que contiene el desborde del poder. Sin embargo, lo que hemos presenciado recientemente —el uso de la sede del máximo tribunal como escenario de un anuncio de botanas— no es una simple travesura burocrática; es la estocada definitiva a una institucionalidad que se desangra por la herida de la frivolidad. Cuando el recinto que debería ser el templo de la justicia se convierte en un plató para promocionar comida procesada, la ley deja de ser arquitectura para transformarse en decorado.

Las protagonistas, empleadas de la ponencia del ministro Irving Espinosa Betanzo, han abandonado su puesto tras la viralización de sus vídeos en TikTok. La decisión de grabar un anuncio de Snack'in For You dentro de estas paredes no solo denota una miopía funcional, sino un desprecio absoluto por la carga simbólica del espacio que las cobijaba. Es la victoria del instante sobre la jerarquía; la incapacidad, tan propia de nuestros tiempos, de distinguir entre el terreno de lo público —sagrado por su función— y la levedad del capricho privado.

Este incidente trasciende la anécdota y nos obliga a examinar el esqueleto moral de quienes custodian el aparato administrativo del Poder Judicial. La desafección hacia el cargo no surge del vacío; es la consecuencia directa de una cultura donde el decoro se ha vuelto una pieza de museo, un estorbo para la inmediatez del algoritmo. No solo violaron un protocolo administrativo; mancillaron un espacio que pertenece a la memoria jurídica de la nación. La justicia, en su esencia, no admite convivir con la banalidad del entretenimiento; una vez que se permite el baile y el anuncio en el centro mismo de la ley, la autoridad moral de las sentencias comienza a evaporarse frente a la mirada atónita del ciudadano.

Aunque las renuncias cierran el expediente administrativo, dejan la herida de la desinstitucionalización abierta de par en par. La justicia mexicana, que ya navega por aguas de alta incertidumbre, necesita recuperar su estatura. Esto comienza por comprender que el servicio público no es un pasaporte para el espectáculo. Estamos ante el triunfo de la trivialidad sobre la norma, y en la lucha por la supervivencia del Estado de derecho, la ligereza es, sin duda, nuestro enemigo más sofisticado.

El futuro de la integridad institucional no se dirime en las grandes reformas, sino en la preservación estoica de la dignidad cotidiana. Si permitimos que el recinto sagrado se disuelva en el exhibicionismo de consumo, habremos claudicado en la defensa de lo que nos constituye como sociedad. Es imperativo que la Suprema Corte reafirme su carácter de garante, recordándonos que, en el ejercicio del servicio público, la forma no es un detalle, sino el cimiento sobre el que descansa el fondo.

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