EL DERECHO A MORIR LENTO: Aumento del 13% al Salario Mínimo como Ejercicio de Biopolítica y la Denuncia de la Miseria Mínima



"¡Basta de euforia! Despertemos. El poder no nos da nada, solo ajusta las cadenas. Miremos la cifra con ira justa."

Celebrar un 13% de aumento al salario mínimo en 2026 no es un triunfo; es la validación clínica de la opresión histórica. Después de décadas de pulverización salarial, este "aumento" no es más que la corrección mínima para evitar que la máquina de trabajo se detenga por completo. Es una acción de Biopolítica pura: el Estado y el capital deciden el umbral de supervivencia, la dosis exacta de subsistencia que se le permite al cuerpo del trabajador para que siga produciendo sin estallar en revuelta. El salario mínimo no es un instrumento para vivir, sino un mecanismo para controlar la velocidad a la que el pobre muere lento.

El anuncio no es una cesión de riqueza, sino una decisión estratégica sobre la gestión de la población obrera.

 El aumento es engullido antes de ser cobrado. El 13% se desvanece en la inflación de la vivienda, el transporte y el alimento procesado. No se está atacando la infraestructura de la miseria; se la está manteniendo a flote. Este salario solo garantiza la reproducción mínima de la fuerza de trabajo, no su florecimiento ni su autonomía.

La cifra del 13% establece el límite preciso de la Biopolítica: el punto donde el Estado asegura que el cuerpo proletario tenga las calorías suficientes para levantarse y presentarse a la línea de producción. No es dinero para el ocio, la cultura o la salud mental; es dinero para el Control del Cuerpo, para mantenerlo dócil y funcional, lejos del colapso total, pero también lejos de la autonomía peligrosa.

 Se refiere a la "Biopolítica" o al "Control del Cuerpo" en cada análisis de opresión.

El Proletario exige el derecho al cuerpo no controlado. El 13% es un insulto a la dignidad física.

Reich argumentaba que la represión social y económica se manifiesta como coraza muscular y trauma en el cuerpo del trabajador. Este aumento, en lugar de desmantelar esa coraza, solo la refuerza, ya que la promesa de mejora es una ilusión estadística. La rabia, la ira justa, debería centrarse no en el monto, sino en el acto de ser tasados como ganado.

 El trabajador no está pidiendo caridad; está denunciando que el precio establecido para su fuerza vital es una tasa de miseria. La prosa debe ser densa y de denuncia: la clase dominante ha decidido que el Control del Cuerpo es más rentable que la liberación de la autonomía económica. El 13% es la prueba de que el poder sigue operando en cada interacción.

Este aumento no rompe el sistema; lo lubrica. La denuncia debe ser contra la narrativa de la "victoria obrera".

 El 13% es un truco de relaciones públicas para que el poder parezca benigno. Pero la función real del salario mínimo es ser un dispositivo de contención social, no de emancipación.

 La lucha no es por el porcentaje, sino por la autonomía biopolítica. Es por el derecho a decidir sobre el tiempo, el descanso, la salud y la alimentación sin la constante amenaza de la indigencia. El 13% solo nos ha comprado un poco más de tiempo de respiración antes del próximo ciclo de opresión.

El aumento del 13% es un ejercicio de Biopolítica pura, la dosis mínima de subsistencia para evitar el colapso, no para generar autonomía. Es una corrección técnica que no ataca la infraestructura de la miseria. La cifra establece el umbral del Control del Cuerpo, asegurando que el trabajador sea funcional, pero nunca libre. La ira justa debe centrarse en el hecho de ser tasados y no en el monto, pues la represión económica se convierte en trauma físico. El aumento es una trampa que perpetúa el sistema.


"El poder opera en cada interacción. La lucha es por el control de nuestro propio cuerpo."

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