LA GACELA ROTA. 28 VIDAS EN LA ESTROFA DE LA CAL, NUEVE DE ELLAS SIN ALCANZAR EL ALBA
La tragedia no es una noticia; es una escritura en la arcilla que la metralla ha dictado. En ese polvo caliente, la vida se ha detenido para contar a sus muertos: veintiocho estrofas de dolor en la noche de Gaza. Pero el verso más amargo, el que destroza el lamento colectivo, es la fracción de la inocencia: nueve niños. El aire se ha vuelto pesado con la tristeza de las cunas vacías, y la tierra ha absorbido el futuro que nunca fue. Esto no es política; es la geografía del duelo.
El cuerpo de la niñez no tiene bandera; es la promesa universal que ha sido despojada de su mañana. ¿Qué métrica puede contener la pérdida de nueve albas? Sus nombres debieron ser susurros de esperanza en la mesa, pero se han convertido en el grito lírico de la madre que lo ha perdido todo. Cada ataque es un acto de borradura donde la historia se reescribe con ceniza y sangre, y la voz del fusil se impone sobre el canto del pájaro. La única verdad que queda es la belleza trágica de la arcilla que absorbe el dolor, mientras el mundo mide la distancia entre la moral y la inercia.
El dolor colectivo es la única nación que queda en ese territorio, y su bandera es la ropa rasgada de los que sobreviven. No hay olvido posible para el pueblo que entierra a sus hijos; hay una protesta silenciosa grabada en el alma de cada uno. La vida continúa, sí, pero bajo la sombra constante de la cifra, bajo el peso de la pregunta: ¿qué precio tiene el olvido y qué costo impone la guerra a las vidas que apenas empezaban a respirar? La respuesta se encuentra en el rastro húmedo de la lágrima y en la memoria tenaz de la aldea, que no cede su pena.
Cuando el mundo mira las cifras sin parpadear, la verdad se impone por sí sola: el lamento sin voz de esos nueve niños es la única condena que la historia impondrá sobre aquellos que miden el dolor con una regla. La guerra no elige bandos; simplemente devora la luz.
Cuando escuches el próximo cañonazo, aceptarás que la batalla no se libra por la razón, sino por la capacidad de sentir el dolor que se esconde bajo los números fríos.

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