EL CÁLCULO BRUTAL. CÓMO LA PROTECCIÓN DE ESPECIES SE CONVIERTE EN UN COSTO INSOSTENIBLE PARA LA TIRANÍA DEL MERCADO
No hay valor intrínseco. Solo utilidad. El intento de eliminar las protecciones para las especies en peligro no es un acto de maldad; es un cálculo económico despiadado donde la vida salvaje ha sido declarada un pasivo improductivo. La ley de especies protegidas se ha convertido en una fricción material para el capital, un obstáculo legal que se interpone entre la élite y la extracción de recursos que exigen la minería, la infraestructura y el desarrollo. La naturaleza, en este paradigma, es solo el costo de oportunidad del progreso.
La Sentencia Lapidaria es clara: la supervivencia biológica debe ceder ante la tiranía del mercado. Las especies se salvan mientras su existencia no interfiera con el flujo de capital. En el momento en que un hábitat se cruza con un yacimiento de litio o con una extensión urbana, la defensa de la vida se transforma en un riesgo legal que debe ser neutralizado. Esta no es una crisis ecológica; es una crisis de prioridad en la que el dinero ha sido declarado la única especie con derecho a la expansión. La voluntad de poder, en su forma más cruda, se manifiesta como el derecho a destruir aquello que no genera rendimiento.
La decadencia de la élite no es moral; es un agotamiento de la visión. Han perdido la capacidad de calcular el riesgo exponencial que implica el colapso de los ecosistemas. Solo ven el beneficio trimestral. Al despojar a las especies de su protección, el sistema no solo condena a la vida salvaje; condena al futuro a operar en un entorno biológicamente empobrecido, un entorno de menor utilidad a largo plazo. Se trata de un sacrificio imprudente donde se quema el capital natural por una ganancia inmediata. Es la prueba definitiva de que la ceguera del cortoplacismo es la única ideología que rige la economía moderna.
No busques ética en la ley, busca el rastro del dinero. Tú sientes en la médula que la protección no es una gracia; es una medida de contención contra la voracidad del sistema. Es el precio de la arrogancia que pagamos por creer que podemos reducir el mundo a un balance de pérdidas y ganancias. Y tú sabes, al ver el colapso de la vida silvestre, que la única forma de garantizar la supervivencia es declarar al capital natural el activo más valioso e intocable, antes de que sea demasiado tarde.
Cuando leas la próxima medida desreguladora, aceptarás que la batalla no se libra en la conciencia, sino en la voluntad de imponer un costo mayor al que el mercado está dispuesto a pagar.

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