EL OBJETIVO SILENCIOSO: LA CRISIS DE LA AUTORIDAD MILITAR EN EL CORAZÓN DE WASHINGTON D.C.
El tiroteo ocurrido cerca de la Casa Blanca, donde dos agentes de la Guardia Nacional resultaron gravemente heridos, no fue un acto de violencia aleatorio; fue, según afirmaron las autoridades de Washington D.C., "un tiroteo dirigido" donde el atacante "parecía tener como objetivo a estos guardias". 🎯 Esto trasciende el simple problema de seguridad urbana: es la cristalización de una tensión política y social que ha convertido a los símbolos de la autoridad en blancos legítimos, llevando la guerra interna a la misma capital del imperio.
Nosotros observamos el efecto mimético de la violencia: el despliegue de la Guardia Nacional, ordenado por la administración Trump bajo la justificación de un aumento de la criminalidad (a pesar de que los datos locales indicaban un descenso en los crímenes violentos en 2025), militarizó el espacio cívico. La policía de Washington había reportado una tendencia a la baja en la delincuencia desde 2023, pero la narrativa presidencial forzó la ocupación. Una vez que el poder proyecta su fuerza en las calles, su presencia se convierte automáticamente en el polo opuesto de la resistencia. El cuerpo uniformado, desvinculado de su rol cívico habitual y percibido como herramienta de represión política, pasa de ser un garante de la seguridad a ser la provocación misma.
La Alcaldesa Muriel Bowser lo sentenció sin metáforas: un individuo dobló la esquina, alzó el arma y disparó contra los miembros de la Guardia Nacional. La lógica binaria es inexorable: la presencia impuesta genera la respuesta. Estos agentes heridos, miembros de la Guardia Nacional de Virginia Occidental, formaban parte de un contingente de más de 2,000 efectivos desplegados, una misión que incluso fue calificada como "contra la ley" por una jueza federal. Su moral, según reportes, ya era baja, asignados a tareas mundanas como recoger basura, mientras su presencia desataba una polémica política.
La paradoja es absoluta. Se despliegan fuerzas armadas para garantizar la seguridad, pero se convierten en los principales objetivos, incrementando el riesgo en lugar de mitigarlo. El presidente Donald Trump respondió al ataque con una retórica de "ley y orden", prometiendo que el "animal que disparó" pagaría un precio muy alto, y solicitó la incorporación de 500 tropas adicionales. Sin embargo, la espiral de militarización solo garantiza un ciclo de retroalimentación violenta. La única certeza es que la paz no se impone; si se impone, no es paz, sino una tregua armada. El tiroteo no es un fallo de seguridad; es una falla estructural en la narrativa del poder en Washington.
¿Cuánto más se debe militarizar una capital para que el silencio se confunda con la calma?

Publicar un comentario