El Taller de la Farsa y la Sangre Invisible del Capital
Por El Proletario Felino
"El hombre no es un animal racional, sino un animal que racionaliza su propia miseria."
He escuchado la queja, o más bien el lamento teatral, del empresario. Dice, con la mano en el corazón y una lágrima de cocodrilo en los ojos, que su negocio, esa fachada de ladrillo y cristal, no le da ganancias. Que cada día que abre la puerta es una nueva herida, un tajo en su ya maltrecha fortuna. Y sin embargo, la máquina sigue en marcha. Las luces del taller siguen encendidas hasta tarde, la gente trabaja, el producto se vende. Es una farsa tan burda, tan obvia, que insulta la inteligencia del obrero que, con las manos callosas, le da vida a ese negocio que, supuestamente, solo le da pérdidas.
Y es en este punto donde la mentira se vuelve obscena. El empresario llora por sus pérdidas, pero cada fin de semana el olor a asado y el eco de la música estridente se escapan de su mansión. Nos quiere hacer creer que está en bancarrota, mientras sus vacaciones en la playa son una postal constante en las redes sociales. Las "pérdidas" de las que habla no son más que el precio de su ocio, el costo de sus excesos. Lo que él considera números rojos en sus libros de contabilidad es, en realidad, el dinero que debería ir a los bolsillos de sus trabajadores, pero que termina en una botella de vino espumoso o en el billete de avión a algún paraíso tropical.
Nos enfrentamos a una paradoja tan grotesca que solo el capitalismo, en su inagotable capacidad para generar mentiras, podría concebir. El empresario no cierra porque sus "pérdidas" son, en realidad, nuestras ganancias, la sangre de nuestro trabajo que él extrae y se guarda en un frasco. Sus pérdidas son una fantasía contable, un conjuro para ocultar la verdadera naturaleza de su operación. La verdadera pérdida es la nuestra: las horas de vida que entregamos a cambio de un salario de subsistencia, la dignidad que se desgasta con cada jornada, la energía que se consume en un engranaje que no nos pertenece.
Ese negocio no se sostiene del dinero que le entra, sino del que no nos da. Se mantiene abierto porque, a pesar de sus lamentos, genera un flujo constante de plusvalía, de esa riqueza invisible que el patrón se apropia sin sudar una sola gota. Los "números rojos" que él ve son el reflejo de sus ambiciones desmedidas, de su codicia que siempre quiere más, incluso cuando ya lo tiene todo. Es el mismo viejo truco del explotador: fingir que es la víctima, para que el esclavo se sienta agradecido de tener un látigo más pequeño. La verdadera ganancia del empresario no está en los libros de contabilidad, sino en la sangre que corre por las venas de sus trabajadores, en el sudor que empapa sus frentes y en la fuerza que se consume día a día.
Y así, el taller sigue abierto. No porque sea rentable para el dueño en el papel, sino porque es rentable en la realidad más cruda. Se mantiene a flote no por el amor a su trabajo, sino por el miedo a perder su control sobre el capital, sobre los medios de producción, sobre la vida de los que dependen de él. Es un negocio que se alimenta de sí mismo, una máquina que devora vidas para existir, y la mentira de las pérdidas, junto con sus lujosas fiestas y sus viajes, es solo el humo que sale por su chimenea. La única forma de que esa máquina se detenga, de que esa farsa termine, es que nosotros, los obreros, nos atrevamos a ver la sangre que se oculta detrás de esos números y reconozcamos que nuestra vida es la verdadera riqueza que el empresario dice no tener.

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