Cuando el Estado blande el miedo tras el incendio de Milán
Cronista Felino
Milán amaneció con el sabor amargo de la ceniza y el eco metálico de las vallas policiales cerrando el paso en la Piazza del Duomo. No era una revuelta cualquiera; era la erupción visceral de un malestar social acumulado frente al encarecimiento de la vida, los salarios devorados por la inflación y la asfixia económica que recorre las arterias del norte italiano. Sin embargo, cuando los escaparates rotos y las cargas policiales desplazaron el debate sobre la subsistencia hacia el terreno de la devastación, el poder político encontró la coartada perfecta para afilar el bisturí de la represión.
El Consejo de Ministros, encabezado por Giorgia Meloni, no tardó en responder con la contundencia de quien ve tambalearse el monopolio del orden. La respuesta del Estado frente a los disturbios no se hizo esperar: un despliegue de 500 militares adicionales en las calles milanesas, la tipificación de un nuevo delito de participación violenta en concentraciones con penas de prisión de hasta cinco años, y la ampliación del fermo preventivo (detención preventiva) extensible incluso a menores de edad. Se blande la ley como un hacha bajo el pretexto de salvaguardar la seguridad ciudadana, olvidando deliberadamente que la violencia callejera es, con frecuencia, el síntoma desesperado de un pacto social roto desde las instituciones.
La estrategia gubernamental camina sobre una cuerda floja muy peligrosa. Al criminalizar de forma homogénea cualquier estallido de protesta bajo el paraguas del orden público, el Ejecutivo reduce la complejidad de la crisis a una cuestión de dicotomía policial: ciudadanos sumisos o criminales en potencia. militarizar las esquinas y endurecer los castigos penales no apaga el fuego del descontento social; apenas lo confina temporalmente bajo una losa de plomo. Cuando el Estado decide que la única respuesta ante la precariedad es el blindaje militar, lo único que garantiza es que la próxima chispa no destruya escaparates, sino lo poco que queda de la convivencia democrática.
