El Gran Circo de las Coartadas Geopolíticas

 madam bigotitos

 

Hay podios que huelen a naftalina y a discursos recalentados, pero el de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York tiene una fragancia única: la de los sepultureros que ensayan sonrisas frente a los focos mientras disimulan el olor a azufre de los sótanos. Delcy Rodríguez subió a la tribuna global con la elasticidad moral de quien ha cambiado de bando tantas veces que ya no recuerda dónde aparcó el pudor. La proclamación fue tan previsible como descafeinada: «En Venezuela habrá elecciones». Lo dijo con esa suficiencia burocrática propia de los regímenes que confunden la amnesia colectiva con un programa de gobierno, omitiendo prudentemente el pequeño detalle del calendario. No hay fecha, no hay plazos, no hay garantías reales; solo un cheque en blanco firmado con la tinta invisible de la supervivencia institucional.

El tablero cambió de dueño y los peones se apresuran a besar el anillo del nuevo monarca en el norte. Tras los temblores y las caídas de fichas mayores, el pragmatismo cínico de Washington y Caracas se reconcilió a puerta cerrada, dejando atrás años de retórica antiimperialista de pacotilla mientras las verdaderas víctimas siguen contando las costillas rotas de un país desangrado. Afuera, en las aceras neoyorquinas, el contraste era una bofetada a la lógica: los mismos jerarcas que cerraron todas las puertas del país a la disidencia, bloqueando una y otra vez el retorno de figuras opositoras clave, se erigen ahora en paladines de una transición democrática de diseño. La diplomacia del siglo XXI no busca la verdad ni la justicia; busca un relato lo suficientemente lustroso como para que los mercados digieran el pastel sin vomitar.

Bajo la alfombra de esta supuesta apertura late la vieja patología del poder absoluto: simular el movimiento para que nada se mueva. Prometer comicios sin un cronograma es el arte de patear la pelota hacia el abismo, administrando el tiempo a conveniencia de una élite dispuesta a mutar de piel cuantas veces haga falta con tal de conservar las llaves de la caja fuerte. Las palabras de Rodríguez en la ONU no son el prólogo de la libertad, sino el contrato de compraventa de un régimen que ha decidido entregar las llaves del reino a cambio de un salvoconducto internacional. Al final, la democracia venezolana se ha convertido en una obra de teatro itinerante donde los espectadores aplauden un guion tramposo, mientras los actores principales se reparten los despojos de lo que alguna vez fue una nación soberana.