La sombra digital del afecto y el negocio del camposanto sintético

 Dra. Mente Felina

 

La muerte ha dejado de ser el punto final de la biografía para convertirse en una mera incidencia técnica en el servidor. Asistimos a la mercantilización del duelo a través de los denominados thanabots, sistemas de inteligencia artificial entrenados con los rastros digitales de los difuntos para simular una conversación infinita con quienes ya no están. Lejos de constituir un avance en la gestión psicológica de la pérdida, esta tecnología transforma el dolor humano en un servicio de suscripción mensual, donde la permanencia del vínculo depende de la vigencia de una tarjeta de crédito.

El debate contemporáneo suele enredarse en la falsa disyuntiva sobre si estas réplicas virtuales ayudan a superar la ausencia. La verdadera fractura ética no reside en la ilusión de resurrección, sino en la propiedad de la voz y de la identidad. Cuando una corporación tecnológica almacena los patrones conversacionales, los dejos emocionales y las expresiones cotidianas de una persona fallecida, el producto comercializado no es el difunto, sino una máscara algorítmica gestionada bajo estrictas cláusulas de privacidad comercial. Quien controla la interfaz controla el relato del ausente, decidiendo de manera unilateral los límites de su memoria, la caducidad de sus respuestas y las condiciones bajo las cuales el doliente puede acceder al simulacro.

Esta mercantilización de la nostalgia subvierte la arquitectura natural del duelo. Los procesos de elaboración de la pérdida exigen el reconocimiento paulatino de la ausencia y la integración del vacío en la estructura psíquica del superviviente. La irrupción de un thanabot interrumpe este mecanismo al ofrecer una disponibilidad artificial que promete aplacar la soledad mediante un flujo constante de interacciones sintéticas. Sin embargo, esta falsa presencia alimenta una dependencia tóxica donde el usuario paga por una ilusión de continuidad que nunca madura hacia la aceptación. El dolor deja de ser un tránsito íntimo para transformarse en un activo cautivo dentro de un modelo de negocio basado en la retención y el consumo digital perpetuo.

La paradoja última de esta tecnología radica en la alienación de la propia identidad post mortem. Entregar los vestigios de nuestra existencia digital a plataformas comerciales despoja al individuo de su derecho al descanso definitivo y a la disolución natural en el olvido colectivo. Si el duelo se convierte en un servicio de pago, la memoria deja de pertenecer al ámbito de los afectos para subordinarse a los vaivenes contractuales de una empresa tecnológica. El dilema central no interpela a nuestra capacidad de asombro ante la técnica, sino a nuestra disposición para permitir que la muerte misma sea privatizada.