El Arancel y el Circo de la Súplica

 Por Madam Bigotitos

 

El circo ambulante de la diplomacia hemisférica acaba de parir otra de sus postales más grotescas, una de esas escenas donde la política exterior se reduce a un cruce de cartas desesperadas entre la retórica de los notables criollos y la chequera caprichosa de Washington. En medio del temblor cambiante que sacude los mercados y las aduanas, la jugada del abogado Abelardo De la Espriella pidiéndole a Donald Trump que se apiade del café y el acero colombianos suspendiendo sus aranceles no es más que la radiografía perfecta de una clase dirigente infantilizada, incapaz de entender que los imperios no operan por caridad jurídica ni por epístolas bien redactadas, sino por la cruda contabilidad del poder y el proteccionismo descarnado. Mientras los titulares celebran la audacia de la misiva, la realidad económica se desploma en un delirio de tasas y barreras comerciales donde el café con aroma de exportación termina convertido en rehén de una partida de póker geopolítico que a los señores del norte les importa exactamente tres rábanos.

Esta comedia de equívocos arancelarios hunde sus raíces podridas en la dependencia estructural de una economía incapaz de diversificar su producción, atada de manos a la bicicleta estática de las materias primas y los favores diplomáticos. Desde los tiempos fundacionales de la República bananera, las élites colombianas han creído que su cercanía con el amo de la Casa Blanca las exime de construir soberanía industrial, apostando siempre al pataleo mediático y al cabildeo de salón antes que a la audacia económica real. La estructura del intercambio comercial con Estados Unidos nunca ha sido una relación entre iguales, sino un matadero asimétrico donde el socio fuerte impone las reglas del juego según el humor de sus votantes del cinturón industrial. Suplicar clemencia fiscal ante una administración proteccionista es el equivalente sociológico a rezarle a una piedra para que detenga la tormenta; demuestra una indigencia analítica espeluznante y una cobardía sistémica que prefiere el ridículo diplomático antes que asumir la catástrofe de un modelo productivo marchito por décadas de desidia estatal.