La Gran Farándula del Papel Carbón y el Pánico en las Aulas

 Madam Bigotitos

 

¡Dios santo, bendito y revuelto con mezcal del malo! Miren nada más el tamaño del circo que se acaban de montar en los sagrados pasillos de la máxima casa de estudios de este país patalicorto y convulso. Resulta que la flamante Universidad Nacional Autónoma de México, esa mole burocrática que finge ser el templo inmaculado del saber, se despertó con una cruda moral de pronóstico reservado tras descubrir que sus flamantes exámenes en línea parecían más una piñata de feria que un proceso selectivo serio. Sí, señoras y señores, los genios de la cúpula dorada descubrieron con cara de sorpresa que la tecnología a distancia era vulnerable a mafias de listillos, trucos de pantalla y chanchullos cibernéticos dignos de una película de serie B, lo que obligó a las autoridades a ordenar una redada presencial de control con olor a sudor frío, pupitres de madera carcomida y miradas paranoicas para poner las cosas en su supuesto lugar.

Todo este lodazal de incompetencia institucional no hace más que retratar la desesperación de un sistema educativo que insiste en ponerse vendas en los ojos mientras el piso se le hunde bajo los pies. Durante meses nos vendieron la milonga de la modernidad digital, de los algoritmos infalibles y de la vanguardia académica operada desde la comodidad de la recámara, ignorando cínicamente que la trampa es el deporte nacional más practicado y mejor financiado de nuestra fauna tricolor. Cuando los filtros fallan y la simulación se cae a pedazos, la única respuesta que se les ocurre a los burócratas de escritorio es regresar al garrote medieval: convocar a miles de muchachos a formarse bajo el sol inclemente, someterlos a una prueba de control cara a cara y tratar de rescatar con una dosis de histeria colectiva lo que ya se pudrió en la opacidad de los servidores institucionales.

Miro fijamente este sainete académico y no puedo evitar sentir esa náusea maravillosa que produce ver a los guardianes de la decencia intelectual corriendo en círculos con los pantalones abajo. La mentira colectiva se sostiene hasta que el cartón se moja, y el cartón de la mentira digital universitaria acaba de disolverse en un charco de sospechas y folios invalidados. Al final del día, los únicos pendejos en esta ecuación son los de siempre: los chamacos ilusos que creyeron en las reglas del juego y que ahora tienen que desfilar como reos ante sinodales con complejo de inquisidores, pagando los platos rotos de una dirección que jamás vio venir lo que cualquier estudiante de preparatoria sabía desde el primer día de clases.