Cuando el Fútbol se vuelve el espejo de nuestra propia miseria

Madam Bigotitos
 

​El fútbol no es un opio, como tantos quisieron dictaminar desde la comodidad de sus púlpitos intelectuales; el fútbol es el último teatro donde el hombre, despojado de sus máscaras sociales, se atreve a ser, aunque sea por noventa minutos, un animal político en estado puro. Beatriz Guido, con esa lucidez quirúrgica que solo poseen los que han mirado el abismo sin parpadear, comprendió antes que nadie que el hincha no busca evadirse de su realidad, sino encontrar un refugio donde la pasión, ese fuego tan antiguo como la especie, aún tiene permitido arder con una intensidad que, en cualquier otro ámbito de la vida moderna, sería calificada de patológica. La masa que ruge en la tribuna no está enajenada; está, paradójicamente, viviendo la forma más primitiva y honesta de cultura, una donde el éxito y la derrota se miden en el sudor de otros, pero se sienten en la carne propia, transformando la grada en un rincón de la historia donde todavía es posible la comunión, donde todavía importa algo más allá del frío cálculo de la utilidad.

​Desmantelar la falacia de que el hincha es un sujeto pasivo requiere observar la fricción constante que este ejerce sobre la realidad. La política, la economía y las estructuras de poder se diluyen frente al fanatismo, que no es más que una forma de resistencia identitaria en un mundo que nos quiere serializados, iguales, asépticos. El hincha, en su locura, es quien mejor comprende que la vida es una apuesta constante contra la entropía, y que al elegir un equipo, está eligiendo un bando en la batalla existencial que todos libramos contra el olvido. La intelectualidad de escritorio desprecia este fenómeno porque no puede medirlo con sus escalas de valor prefabricadas; no entienden que en el estadio, la razón es un invitado que ha sido expulsado, dejando que la pulsión tome el control, un estado de gracia donde el individuo se funde con el todo, alcanzando una cota de identidad que el ciudadano promedio, el que vive de rodillas ante la corrección política, jamás llegará a experimentar ni en sueños.

​El fútbol actúa aquí como una escultura bloqueada en un mármol de posibilidades, donde la trayectoria importa más que el resultado estadístico; el hincha es un hombre que hace cultura porque está construyendo un relato, una mitología personal que le da sentido a su existencia gris. Mientras los sistemas insisten en que el progreso es una línea recta hacia la eficiencia, el fanático nos recuerda que somos seres circulares, obsesionados con los mismos rituales, los mismos colores, las mismas tragedias y los mismos triunfos, porque ahí, en esa repetición cuasi sagrada, radica nuestra humanidad más profunda. No es el opio lo que mantiene a la masa dócil, sino la necesidad de pertenecer a algo que no sea una estadística de mercado o un número de seguridad social; el fútbol, al final, es la única trinchera donde el hombre todavía tiene permiso para llorar de emoción o gritar de rabia sin que nadie le exija una justificación técnica para su conducta.

​La verdadera debilidad de nuestra comprensión actual no radica en el fútbol, sino en nuestra arrogancia al pretender que la cultura solo vive en los libros o en los museos, ignorando que el alarido de una multitud ante un gol es, en esencia, la misma vibración que sentían los griegos en sus tragedias. Cuando despojamos al hincha de su condición de agente cultural, lo que hacemos es validar nuestra propia ceguera, nuestra incapacidad para ver que el teatro de la vida se despliega, con toda su crudeza y esplendor, allí donde se cruzan el azar del balón y la fe ciega de los que esperan que, al menos por esta vez, el destino se ponga de su lado. Beatriz Guido nos dejó el mapa para descifrar este enigma, pero nos falta la valentía para aceptar que quizás, en nuestro afán de ser seres racionales y medidos, hemos perdido la capacidad de vivir con la intensidad de aquel que, domingo tras domingo, entrega su corazón al capricho de once hombres vestidos con sus mismos colores.

​La modernidad, con su constante bombardeo de simulacros, intenta colonizar incluso nuestra pasión, convirtiéndola en un producto, en una mercancía lista para el consumo masivo, pero la naturaleza del hincha es, por definición, rebelde a esa domesticación. La pasión no se compra, se hereda, se padece y se celebra en un ritual que escapa a la lógica del beneficio, un espacio donde la verdadera soberanía individual se manifiesta en la lealtad incondicional, esa forma de amor que no pide explicaciones, que solo exige presencia y entrega. Al final, todo se reduce a un colapso de indeterminación donde, por unos instantes, la realidad externa desaparece y solo queda el instante eterno del gol, el éxtasis puro que nos reconcilia con nuestra propia finitud, recordándonos que, aunque el resultado sea efímero, el haber estado ahí, gritando al cielo, es lo único que nos diferencia de las máquinas