El epitafio de las urnas bajo el sol de Managua

cronista felino

 

Bajo la penumbra calculada de los despachos presidenciales en Managua, el poder dejó de simular los ropajes de la democracia para exhibir sin ambages su naturaleza absolutista. La decisión de cancelar de manera definitiva cualquier certamen electoral en Nicaragua no constituye un accidente político, sino la consumación lógica de un régimen que entendió las urnas no como un instrumento de soberanía ciudadana, sino como un riesgo inadmisible para su supervivencia dinástica. Daniel Ortega, flanqueado por el aparato coercitivo del Estado y la complicidad familiar, firmó la defunción formal del sufragio libre, transformando el paisaje institucional en un erial donde la oposición ha sido erradicada por decreto y la disidencia se paga con el destierro, la cárcel o el despojo de la nacionalidad.

La descomposición institucional del país centroamericano no brotó de la nada, sino de una paulatina demolición de los contrapesos constitucionales que comenzó décadas atrás mediante la cooptación judicial y el control absoluto de los tribunales electorales. Cuando las protestas masivas de dos mil dieciocho sacudieron los cimientos del régimen, la respuesta oficial abandonó cualquier fachada moderada para instaurar un estado de excepción permanente. La supresión de las votaciones venideras sella el blindaje de una casta política dispuesta a sacrificar el bienestar de toda una nación con tal de eternizarse en la cúspide del mando. Ninguna democracia resiste el embate de un caudillo que confunde el patrimonio de la patria con la chequera de su propia familia.

La indiferencia de los mercados internacionales y la parquedad de los organismos multilaterales frente a esta dictadura a cielo abierto reflejan el cinismo de la geopolítica contemporánea, donde el petróleo, las alianzas ideológicas y el control migratorio pesan infinitamente más que los derechos humanos de millones de ciudadanos condenados al silencio. Las familias nicaragüenses continúan marchándose por los caminos polvorientos del éxodo, huyendo de un régimen que clausuró el futuro y convirtió la esperanza en un delito de alta traición. La historia demostrará que los tronos construidos sobre la ruina de la ley y el miedo ciudadano siempre terminan derrumbándose bajo el peso de su propia infamia.