El día que el sol se apagará sobre España

Prof. Bigotes

 

A las ocho y media de la tarde del 12 de agosto de 2026, alguien en A Coruña mirará hacia el oeste. El sol estará bajo, casi tocando el mar. Y se apagará. No como un atardecer normal. Como un interruptor. Durante algo más de un minuto no habrá crepúsculo. Habrá noche.

Hace más de cien años que nadie ve esto desde la España peninsular. La sombra de la Luna volverá a cruzar el país entero, de costa a costa. Entrará por Galicia. Pasará por Oviedo, Santander, Bilbao, León, Burgos, Zaragoza, Valencia. Terminará en Baleares, sobre Palma, donde la oscuridad dura más que en ningún otro punto del país. Casi dos minutos enteros. Madrid y Barcelona se quedan fuera de esa franja. Verán el sol mordido casi del todo, un noventa y nueve por ciento tapado, pero nunca la oscuridad completa. Eso solo lo tiene quien esté dentro del pasillo.

El reloj manda. La fase parcial empieza sobre las siete y media de la tarde. El sol se cubre del todo entre las ocho y veintisiete y las ocho y media, según la ciudad. Todo termina hacia las nueve y veinte. El fenómeno entero ocurre pegado a la puesta de sol. Por eso conviene un horizonte limpio hacia poniente. Sin montañas. Sin edificios altos. Solo cielo.

Antes de la totalidad la luz cambia. No de golpe. Las sombras se afilan. Baja la temperatura. Si hay árboles cerca, el suelo se llena de lunas pequeñas, docenas de ellas, porque cada hueco entre las hojas actúa como una cámara diminuta. Luego llegan las perlas de Baily, los últimos rayos de sol colándose entre los valles de la Luna, un collar de puntos de luz alrededor de un disco negro. Y después, la corona. Ese halo blanco que el sol esconde todos los días del año y que solo se deja ver cuando la Luna lo tapa entero. Gente cruza el mundo para ver eso. Un minuto y medio. Nada más. Nada menos.

Aquí está la regla que no admite excepciones. Nunca se mira al sol sin protección. Ni un segundo. Solo hay una excepción, y es exacta: dentro del pasillo de totalidad, y solo durante los segundos en que el sol queda cubierto al cien por cien, se puede mirar sin gafas. Fuera de esos segundos, siempre gafas homologadas ISO 12312-2. Sin arañazos. Sin agujeros. No sirven gafas de sol, por oscuras que parezcan. No sirven cristales ahumados. No sirven radiografías ni discos compactos ni el filtro de una cámara sin certificación solar. La retina no duele cuando se quema. Por eso el daño llega sin avisar, y se queda para siempre.

Quien no tenga gafas puede construir una caja. Cartón, un agujero pequeño en un extremo, papel de aluminio sobre ese agujero, y en el aluminio un pinchazo de aguja. En el otro extremo, papel blanco. Se da la espalda al sol. La imagen del eclipse aparece proyectada, invertida, sin que el ojo mire nunca directo a la estrella. Funciona igual de bien con prismáticos, apuntados al cartón, no al ojo.

El móvil también puede quemarse. El sensor es un ojo de cristal y sufre lo mismo que la retina. Un filtro solar pegado al objetivo, del mismo material que las gafas, lo protege. Sin filtro, ni un segundo es seguro para la cámara. Con filtro, hay que dejarla descansar entre ráfagas. El único instante en que se puede fotografiar el sol sin filtro es la totalidad exacta, cuando ya solo queda la corona.

Después vendrá el año que viene. El 2 de agosto de 2027 la sombra volverá a cruzar España, esta vez por el sur, sobre Málaga y Almería. Dos eclipses totales seguidos, algo que no pasa casi nunca. Pero eso es el año que viene. Este verano toca salir a la calle, mirar hacia poniente, y ver cómo el día se convierte en noche durante minuto y medio.