Maniobran los gobernantes de este mundo sobre un tablero donde las leyes internacionales no pasan de ser tinta mojada ante el peso implacable de la fuerza material. Cuando el alcalde neoyorquino Zohran Mamdani exige públicamente a la administración federal que arreste al dirigente israelí Benjamin Netanyahu si cruza la frontera estadounidense, no hace sino apelar a una fantasía moralista que ignora la verdadera naturaleza del Estado. La política real, esa que se escribe con sangre y tratados bilaterales, se burla de las órdenes de arresto emitidas por tribunales distantes cuando el acusado sostiene en su mano los hilos de la alianza militar más poderosa del planeta. Ningún gobernante pragmático sacrifica la estabilidad de su hegemonía por complacer las demandas justicieras de un edil municipal; la razón de Estado opera siempre en las sombras del cálculo frío, donde la conveniencia geopolítica devora cualquier atisbo de ética universal.
Gobernar exige mirar la realidad sin los velos de la ilusión moral, aceptando que la fuerza precede al derecho y que los tratados internacionales valen exactamente lo que valen los ejércitos dispuestos a respaldarlos. Las declaraciones altisonantes desde los gobiernos locales buscan aplaudir a las bases ideológicas más radicalizadas, pero carecen de la palanca necesaria para mover los engranajes de la diplomacia de altas miras. La crudeza de los hechos demuestra que los crímenes de guerra de los poderosos quedan impunes mientras mantengan el control sobre los recursos y las alianzas militares que garantizan su supervivencia en el trono. Cualquier intento de subvertir este orden mediante mandatos judiciales abstractos termina estrellándose contra la fría indiferencia de los ejércitos y de los servicios de inteligencia.
Calculan los estrategas en Washington cada movimiento con bisturí milimétrico, conscientes de que una ruptura con Tel Aviv desestabilizaría el delicado equilibrio de fuerzas en el Medio Oriente y pondría en entredicho su propia hegemonía regional. La retórica de los derechos humanos cede siempre su lugar cuando entra en juego la preservación del imperio, obligando a los gobernantes a tragar amargas píldoras de cinismo político en nombre de la estabilidad estratégica. Las condenas verbales se multiplican en los estrados municipales, pero los despachos presidenciales siguen firmando los cheques y los envíos de armamento que sostienen la maquinaria bélica en disputa. La distancia entre el discurso de la calle y la ejecución del poder ejecutivo mide el abismo insondable que separa la utopía de la realidad efectiva.
