Una guía humana para entender el tropiezo
Autor: Profesor Bigotes
La forma en que entendemos el camino hacia la recuperación ha estado, por demasiado tiempo, manchada por una visión de castigo que nos obliga a elegir entre ser un éxito total o un fracaso absoluto. Sin embargo, si miramos el proceso con honestidad, la recaída no debería verse como el fin de la esperanza o el derrumbe de la voluntad, sino como una señal clara de que algo en el plan de vida necesita ser ajustado. Las adicciones no son simplemente una falta de carácter; son hábitos profundamente arraigados que han moldeado nuestra forma de sentir y de reaccionar ante el mundo. Por eso, el cambio no ocurre en una línea recta que solo sube, sino que se parece más a un camino con curvas, subidas y bajadas donde, a veces, se vuelve a pasar por lugares que creíamos haber dejado atrás. Ver el error como un pecado solo sirve para alimentar la vergüenza, y es precisamente esa vergüenza la que nos impide levantarnos rápido y seguir adelante (Bandura, 1997). Es hora de dejar de decir que estamos "empezando de cero" cada vez que fallamos, porque la experiencia ganada no se borra; lo que debemos hacer es "seguir aprendiendo" de lo que pasó para que no vuelva a ocurrir.
Este proceso de cambio es muy parecido a una espiral. A veces necesitamos volver a una etapa anterior para darnos cuenta de que nuestras defensas contra la tentación todavía eran débiles en ciertos puntos. No es que hayamos perdido todo lo avanzado, es que la mente y el cuerpo necesitan tiempo para aprender a vivir sin esa muleta que antes usaban para todo. Cuando alguien recae, no es que esté eligiendo sufrir o fallarle a sus seres queridos; lo que sucede es que sus emociones antiguas y sus impulsos ganaron la batalla por un momento a su capacidad de razonar. Por eso, la respuesta inmediata ante una recaída no debería ser el grito o el juicio, sino una observación tranquila para entender qué fue lo que disparó el deseo. ¿Fue una noticia triste? ¿Fue el estrés del trabajo? ¿O quizás fue el exceso de confianza que nos hizo bajar la guardia? Al entender la causa, podemos cambiar el entorno y fortalecer nuestras herramientas para la próxima vez.
El momento más peligroso después de un desliz es la aparición de la culpa. Esa voz interna que nos dice que ya no valemos nada o que todo el esfuerzo anterior fue en vano es el verdadero enemigo de la recuperación. La ciencia y la experiencia nos enseñan que los meses que pasamos sobrios ya han generado un cambio positivo en nuestra manera de ser y de pensar, y ese cambio no desaparece por un solo día de error. Lo que realmente determina el futuro de una persona no es el hecho de haber caído, sino cuánto tarda en pedir ayuda y qué tan dispuesto está a retomar su camino. La verdadera fuerza se construye aceptando que somos imperfectos y buscando un propósito de vida que sea más grande que el placer momentáneo. Es fundamental que la familia y los amigos entiendan esto para que puedan ofrecer una mano que ayude a levantar, en lugar de un dedo que apunte el error (Marlatt & Donovan, 2005).
Recuperarse es mucho más que simplemente dejar de consumir; es construir una vida nueva donde ya no necesitemos escapar de la realidad. Cuando la adicción vuelve a asomarse, suele ser porque hay huecos en nuestra felicidad o en nuestra paz que todavía no hemos llenado. Quizás nos sentimos solos, o quizás no sabemos cómo manejar la tristeza sin recurrir a lo de siempre. Por eso, el trabajo de mantenerse bien es un entrenamiento diario para identificar esos momentos de riesgo y aprender a reaccionar de forma diferente. Si logramos quitarle a la recaída ese peso de "debilidad" o "maldad", podemos empezar a verla con la curiosidad de quien estudia un mapa: nos dice exactamente dónde están los baches del camino para que podamos evitarlos o repararlos. Ese cambio de mirada es lo que convierte un simple tropiezo en una lección de vida que nos hace más sabios.
Al final del día, sanar es una historia que estamos escribiendo nosotros mismos, y una recaída es solo un capítulo difícil, no el final del libro. La sociedad necesita ser más compasiva y entender que la constancia es la verdadera victoria, no la perfección. El cerebro y el corazón tienen una capacidad asombrosa para sanar, pero necesitan tiempo, paciencia y, sobre todo, un ambiente libre de juicios que permita pedir auxilio sin miedo. Cuando aceptamos que fallar es una posibilidad humana, le quitamos a la adicción su arma más poderosa: el aislamiento. Solo cuando entendemos que caer no nos hace fracasados, estamos realmente listos para caminar con la frente en alto hacia la libertad que siempre hemos merecido.
Referencias Bibliográficas
American Psychological Association. (2020). Manual de publicaciones de la American Psychological Association (7ª ed.).
Bandura, A. (1997). Autoeficacia: Cómo controlamos nuestras vidas. W.H. Freeman.
Marlatt, G. A., y Donovan, D. M. (Eds.). (2005). Prevención de recaídas: Estrategias de mantenimiento en el tratamiento de conductas adictivas. Guilford Press.
Prochaska, J. O., y DiClemente, C. C. (1983). Etapas y procesos de autocambio en el tabaquismo: Hacia un modelo integrador del cambio. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 51(3), 390–395. https://doi.org/10.1037/0022-006X.51.3.390
Volkow, N. D., Koob, G. F., y McLellan, A. T. (2016). Avances neurobiológicos del modelo de la adicción como enfermedad cerebral. New England Journal of Medicine, 374(4), 363–371. https://doi.org/10.1056/NEJMra1511480

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