EPITAFIO PARA UN DESEO NO MUERTO

 Por Madam Bigotitos


El pensamiento es una cacería de sombras, una persecución implacable a través de los pasillos desiertos de nuestra propia memoria. Cuando la mente se encalla en el nombre o el espectro de otro, no estamos ante el amor, ese concepto edulcorado que nos venden para ocultar nuestra propia miseria, sino ante un error de cálculo, una fractura en la arquitectura misma de nuestra supervivencia. La obsesión no es más que la manifestación externa de un vacío que se niega a ser nombrado, un intento frenético de llenar los rincones de nuestra vigilia con la presencia de un fantasma que ya ha dejado de habitar nuestras horas. ¿Por qué el cerebro, ese órgano magistralmente diseñado para la eficiencia, para la economía del movimiento y la preservación de la vida, elige gastar su reserva más sagrada —el tiempo, la energía, el fuego mismo de la voluntad— en la reconstrucción obsesiva de una ausencia? La respuesta no reside en el otro, ese ente que ni siquiera sabe que está siendo el arquitecto involuntario de nuestro martirio, sino en la zona crepuscular donde nuestra propia necesidad se disfraza de destino para no tener que reconocer su propia desnudez. El cerebro, en su soberbia inabarcable, aborrece el silencio de la incertidumbre, ese vacío que se extiende ante nosotros como un abismo sin fondo; todo aquello que no ha sido clausurado por el cierre del duelo o la resolución del vínculo permanece allí, latente, operando como una herida que exige un flujo sanguíneo constante, una atención incesante, una mirada que no se desvíe. Es la tiranía de lo inconcluso, ese peso insoportable que ocupa el centro de nuestra memoria porque nuestro sistema, en su angustia por mantener la ilusión de un orden, interpreta que la tarea pendiente es una amenaza mortal a la integridad de nuestra propia imagen. Pensar en esa persona es, en el fondo, un intento desesperado por hallar un final que el otro, en su absoluta indiferencia, en su lejanía o en su olvido, se ha negado a escribir para nosotros, obligándonos a nosotros a ser los autores de un guion donde no hay más final que el que nosotros mismos nos infligimos.

El pensamiento es un ave que no sabe de jaulas, que se alimenta de la migaja que dejaste en el umbral. ¿Es memoria, o es la sangre que reclama su derecho a quemarse otra vez en el incendio del mismo portal?

No hay azar en la invención del deseo. Cada recuerdo invocado, cada recreación de esa voz, de ese gesto, de ese aroma que ha dejado de pertenecer al mundo real, es un disparo en la oscuridad, una descarga de combustible que nos promete, con la eficacia cruel de un verdugo, la recompensa de una completitud que sabemos, con una parte oculta de nuestra mente, que jamás alcanzaremos. Somos adictos a la brecha, al espacio desolador que separa nuestra necesidad de su presencia real; la obsesión se ha convertido en nuestra forma de arquitectura, en un templo que construimos sobre la arena de un vacío inmenso, y el altar es, precisamente, la imposibilidad absoluta de alcanzar al otro. La rumiación no es un análisis, no es una búsqueda de respuestas, es una forma de parásito que se alimenta de nuestra propia angustia; nos decimos que pensamos para entender, para desentrañar el misterio, pero en realidad pensamos para mantener vivo el dolor porque el dolor, al menos, es una prueba de que aún existimos. Nuestra reacción, es intentar pensar más, intentar profundizar, intentar rodear el problema con una lógica que no es más que un tamiz intentando detener un océano. Intentar suprimir el pensamiento, ese ejercicio fútil de negar el oso blanco, no hace más que activar los mismos circuitos que pretendemos apagar, pues la represión no es el fin del deseo, es su abono más fértil.

Desaprender el nombre es el acto más puro de la voluntad. Romper la geografía del mapa que trazó tu voz sobre mi piel. El olvido no es la nada, es el espacio que queda cuando el verdugo abandona el trono y yo vuelvo a ser quien fui.

La claridad surge del acto brutal de observar nuestra propia mente como si fuera un extraño, como si el pensamiento fuera apenas un evento pasajero en una red infinita, despojándolo del ropaje del amor, del destino o de la trágica importancia que le hemos conferido. No se trata de olvidar, pues el olvido es una ficción, se trata de reclamar el territorio, de entender que el otro no es una pieza necesaria para nuestra existencia, sino un visitante que ya ha cruzado el umbral, dejando nuestra casa vacía, limpia y, tras un largo y doloroso proceso de despojo, finalmente, nuestra. La libertad consiste en la capacidad de habitar nuestra propia casa sin invocar a los fantasmas de los que se fueron, aceptando que la única presencia que merece nuestra energía es aquella que construye y no la que devora. La mudanza del alma es este proceso: dejar atrás los restos del naufragio para comprender, finalmente, que la plenitud nunca estuvo en la mirada del otro, sino en el reconocimiento de nuestra propia sed. El tiempo nos dirá que no hemos perdido nada, sino que hemos ganado el derecho a ser dueños de nuestro propio silencio, de nuestro propio pulso, de nuestra propia vida que, hasta ahora, habíamos entregado como tributo a un fantasma. La transmutación es absoluta: el dolor se transmuta en memoria, la memoria en lección, y la lección en la fuerza inquebrantable de alguien que ya no necesita ser salvado, porque ha comprendido que la única mano que puede rescatarlo es la suya propia, extendida en el vacío, trazando por fin un mapa que ya no depende de la presencia de nadie para ser un hogar. El bucle se rompe cuando dejamos de buscar la respuesta en la puerta del otro y comenzamos a construir el muro que protege nuestra propia integridad, una integridad que, en la quietud de la noche, nos devuelve el reflejo de quien, al fin, ha vuelto a sí mismo. La obsesión, en su estado puro, es una forma de ateísmo: creemos que el otro es nuestro dios porque hemos perdido la fe en nuestra propia capacidad de sostenernos en el vacío. Pero al final, cuando el polvo se asienta y las cajas se han cerrado, cuando el último eco del nombre ha dejado de resonar en las paredes que una vez llamamos refugio, nos queda la verdad más cruda y más hermosa: el desierto es nuestro, la sed es nuestra, y la salida, aunque sangrante y lenta, no es un lugar hacia el cual caminar, sino una forma de estar en el mundo, erguidos y sin más señor que la voluntad que decide, contra todo pronóstico, que hoy es el día en que la cacería de sombras llega a su fin. No hay más espectros. No hay más portales. Solo el silencio, que es la única música que el alma libre está dispuesta a escuchar, una melodía que ya no depende de nadie para ser eterna.

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Este contenido solo tiene fines informativos. Para obtener consejos o diagnósticos médicos, consulta a un profesional.
 
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