El Origen de la Jerarquía en las Alturas
Autor: Gato Negro
La historia de nuestra tierra no se escribió solo en los campos donde se siembra el trigo o en las playas donde llegaban los barcos de lejos, sino que tuvo su primer respiro de mando en las cumbres difíciles de la montaña alicantina. El antiguo asentamiento de Varica de las Virtudes, en Villena, ha salido de la tierra para contarnos cómo nació la costumbre de que unos manden y otros obedezcan. Hace exactamente 4.000 años, durante lo que hoy llamamos la Edad del Bronce, el cuidado de los animales y las peleas a muerte no fueron cosas separadas, sino los dos motores que levantaron los primeros centros de mando de los íberos. Lo que nos dicen las piedras es que cuando el hombre empezó a encerrar a los animales, también empezó a encerrar la voluntad de otros hombres; quien era dueño de las vacas y las ovejas, era dueño de la comida, de la riqueza que se mueve y, al final, de la vida de todo el grupo.
Las excavaciones dirigidas por expertos de la Universidad de Alicante nos confirman que el nacimiento de estos jefes no fue algo tranquilo ni de común acuerdo. En Varica se han encontrado restos de muros que fueron reforzados una y otra vez, señal de que vivían bajo una amenaza constante. Es una orden grabada a golpes de hacha y protegida por murallas de piedra caliza que aprovechaban los precipicios de la Sierra de la Villa para vigilar y castigar. El error de muchos libros antiguos fue pensar que el poder nació abajo, en las tierras llanas. Pero aquí, el valor real estaba en poder mover a los animales por los pasos de roca. Varica de las Virtudes nos enseña que tener rebaños grandes obligó a construir fuertes en los riscos. Las peleas no eran simples peleas; se usaban para poner orden. Los restos de las casas muestran que la riqueza se quedaba en unas pocas manos: mientras unos tenían vasijas decoradas y herramientas de metal, otros apenas tenían lo básico para no morir de hambre. Gato Negro observa que estos lugares no eran solo para esconderse, sino oficinas de control que vigilaban los caminos que conectaban la Meseta con el mar, marcando el inicio de una clase de guerreros que mandaría durante siglos.
La intención de estos primeros jefes era ser los dueños absolutos de cada gota de agua y de cada pasto verde. Construir en lo más alto de Villena no era solo para defenderse de los de fuera, sino para avisar a los de dentro: la arquitectura servía para que cualquiera que mirara desde el valle supiera que la montaña ya tenía un dueño. Los datos nos dicen que hace cuatro milenios, el clima empezó a volverse más seco, y eso hizo que el agua y el pasto valieran más que el oro. El error de quienes creen que antiguamente vivíamos en una paz natural se desmorona al ver los huesos encontrados con marcas de flechas y golpes de hacha. Esta es la semilla de la desigualdad que todavía hoy sentimos. La montaña fue el pedestal para levantar la primera gran escalera social. La forma en que se colocaron los muros muestra que vivían obsesionados con vigilarlo todo. La razón por la que eligieron vivir allí es clara: desde arriba el poder se siente más seguro. Estas ruinas el rastro de un sistema que supo que para tener mucho hay que tener una espada cerca, convirtiendo la piedra fría en el primer trono de una familia de guerreros que cambió el destino de toda Iberia.
Si miramos más a fondo, los restos materiales cuentan una verdad amarga. En Varica se han hallado puntas de flecha de cobre y cuchillos de bronce que no se usaban para el campo, sino para la guerra. Controlar los pasos de la zona de Villena permitía a estos primeros jefes cobrar “peajes” a quienes pasaban con mercancías, lo que les daba acceso a lujos que nadie más tenía. Los cambios en el paisaje también cuentan la historia: los bosques de encinas desaparecieron para dejar sitio a los pastizales para el ganado, un cambio hecho por la ambición de los que mandaban. Incluso en los dientes de los esqueletos se nota la diferencia; los jefes comían mucha carne y estaban bien alimentados, mientras que la gente común comía solo papillas de cereales y tenía los huesos desgastados por el trabajo bruto.
Estas murallas gigantes, hechas con bloques que pesan cientos de kilos, no se levantaron solas; hizo falta que mucha gente obedeciera a un solo mando, lo que borra cualquier idea de que todos eran iguales. Hoy sabemos que Varica estaba conectada por la vista con otros fuertes en las cumbres cercanas, como el de Terlinques, creando una red de ojos que lo controlaba todo. La caída de estos jefes llegó cuando la tierra se agotó de tanto ganado y los caminos del comercio buscaron otros rumbos. Pero la idea de que el poder se ejerce desde arriba y con fuerza se quedó grabada en el paisaje de Alicante. La violencia no fue un error, sino la herramienta necesaria para que nacieran las primeras ciudades. El trono de piedra y sangre de Varica fue la primera prueba de un gobierno en estas tierras, un experimento que nos explica por qué hoy seguimos mirando con respeto y miedo a los que mandan desde las alturas.

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