Capítulo III: El Precio de la Gravedad y Otras Ficciones


El 6 de abril amaneció con una pesadez que no se quitaba ni con el café más cargado de la alacena. Me levanté tarde, con los ojos ardiéndome y esa sensación de resaca literaria que solo te deja una lectura maratónica. Me había quedado hasta las tres de la mañana pegada a la pantalla del celular leyendo el manhwa Solo Leveling; la forma en que Sung Jin-Woo ascendía en un mundo que no perdonaba la debilidad me resultaba mil veces más coherente y honesta que las leyes de la termodinámica que el maestro Ortelano intentaba escupir en el pizarrón. En el manhwa, si no subes de nivel, mueres. En mi realidad, si no te mueves, simplemente te pudres en silencio.

Me arrastré hasta el baño, un cubículo estrecho de azulejos blancos picados donde el espejo siempre parece devolverte una versión más cansada de ti misma. Abrí la llave y esperé a que el agua helada se templara un poco, aunque en esta casa el agua caliente es un lujo que se acaba antes de que termines de parpadear. Me desnudé dejando la pijama hecha un ovillo en el suelo de linóleo frío y me metí bajo el chorro. El agua comenzó a recorrer mi cuerpo, desde la nuca hasta los talones, y por un segundo cerré los ojos. Sentir las gotas resbalando por mis hombros, bajando por el arco de mi espalda y perdiéndose en mis muslos tenía algo de ritual, algo casi pecaminoso en su sencillez. Pasé el jabón lentamente, disfrutando del contraste de la espuma suave contra mi piel cálida; era un momento de hiperconciencia física, de reconocer cada curva y cada centímetro de este envase de quince años que habito. Me detuve un instante más de lo debido, sintiendo cómo el vapor empezaba a empañar el aire, pero el recordatorio de la realidad me golpeó cuando miré el reloj de plástico colgado en la pared.

—Mierda —susurré entre dientes.

La ducha se terminó de golpe. Me sequé a toda prisa y me puse el uniforme, pero hoy decidí que las reglas no se aplicarían del todo. Me ajusté la falda de cuadros de modo que el dobladillo quedara desafiante, muy por encima de la rodilla, a una altura de la pierna que hacía que cada paso fuera una declaración de intenciones. Era un outfit que se sentía sexy, peligroso, una herramienta más en mi inventario de supervivencia. Salí disparada de la casa y corrí hacia el metro. El vagón iba saturado de gente que olía a cansancio y a perfume barato, cuerpos apretujados que compartían un espacio que nadie quería ocupar. Llegué a la secundaria con los pulmones ardiéndome y el corazón martillando contra mis costillas.

Al entrar al salón de Física, la escena era la de siempre: yo era la única. Un salón diseñado para cuarenta y cinco alumnos estaba desierto, excepto por el mobiliario de madera rayada y el polvo flotando en los rayos de sol. Mis compañeros nunca asistían; preferían pagarle al profesor Ortelano los doscientos cincuenta pesos semanales por el seis reglamentario. Si sacabas la cuenta, con cuarenta y cinco alumnos, ese hombre se metía al bolsillo once mil doscientos cincuenta pesos a la semana solo por sentarse a ver el vacío. Yo no pagaba; a mi madre apenas le alcanzaba para sostener la casa y vivíamos al día, así que mi única opción era presentarme y lidiar con el tipo.

Ortelano estaba sentado tras su escritorio. Era un hombre gordito, chaparro, con lentes cuadrados que siempre parecían sucios. Tenía esa fachada de amabilidad farsa, una máscara de profesor comprensivo que escondía una historia turbia que ya les contaré en otra ocasión.

—Emy, qué bueno que llegas. Acércate, siéntate aquí frente a mí para que veas mejor el pizarrón —dijo con una voz pastosa.

Me pareció raro y a la vez lógico, siendo la única en clase. Me acerqué caminando con esa seguridad que me daba mi falda corta, notando cómo sus ojos se clavaban en mis piernas. Me senté justo frente a él, crucé la pierna con lentitud y vi cómo al profesor se le salían los ojos de las órbitas. Era tan fácil manipular mentes tan pobres como la suya para obtener lo que quisiera. Quise ver hasta dónde llegaba este chivo expiatorio.

Él se acercó, pero no para abrir el libro de física y hablar de las leyes de Newton. Pasó a un lado de mi pupitre, invadiendo mi espacio personal.

—Profe... ¿cree que pueda pasar el curso sin ningún problema? —le pregunté, bajando un poco la voz.

—Eso se puede arreglar, Emy... —contestó él, acercándose aún más.

En ese momento, la puerta se abrió. Valeria estaba ahí, firme, con su mirada de acero.

—Profe, ¿puedo pasar? —preguntó ella. Faltaban trece minutos para salir.

El profesor me miró, buscando una respuesta en mi rostro. Yo simplemente asentí con la cabeza, dándole permiso para que la dejara entrar.

—Sí, pasa, Valeria —dijo él, tratando de recuperar la compostura mientras yo descruzaba la pierna lentamente, sabiendo que el control de la situación seguía siendo mío.

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Este contenido solo tiene fines informativos. Para obtener consejos o diagnósticos médicos, consulta a un profesional.
 
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