CAPÍTULO OCULTO 3.1: LA ANATOMÍA DEL PARÁSITO
El pasillo de la secundaria es un túnel de tiempo detenido. Huele a ese encierro crónico que solo las instituciones públicas logran destilar: una mezcla de humedad en los cimientos, el rastro metálico de los casilleros oxidados y ese desinfectante de pino barato que, más que limpiar, parece barnizar la mugre. Camino despacio, sintiendo el roce rítmico de la falda contra mis muslos. Cada paso es un dato; cada centímetro de piel expuesta es una variable en la ecuación de poder que acabo de ejecutar en el salón de Física. Pero mientras mis botas militares golpean el terrazo desgastado, mi mente no está en el aula, sino en la estructura colapsada que es la vida del hombre que acabo de dejar atrás.
Ortelano. Cincuenta y nueve años. Un monumento a la simulación.
En los pasillos, el "radiopasillo" —esa red de chismes de maestras con el cabello tieso de spray y prefectos que se creen agentes de la Interpol— dice que es un hombre "felizmente casado". Dicen que es un pilar de la educación, un ejemplo de estabilidad. Pero yo he aprendido a ver las grietas en el muro. A mis quince años, mi mirada ya no es la de una niña que espera ser guiada, sino la de una inspectora forense. He aprendido que las personas no son lo que dicen sus títulos de la Normal, sino lo que esconden sus expedientes burocráticos y sus camas vacías.
La historia de Ortelano no es una historia de amor; es una ingeniería de la rapiña. Todo empezó cuando él era un estudiante mediocre en la Normal. Aquí, en este México de sombras y compadrazgos, el talento es un estorbo si no tienes una "palanca" que lo empuje. Ortelano lo sabía. Sabía que sus logros académicos tenían el mismo peso que el papel de baño si no lograba infiltrarse en la casta. Así que diseñó su plan maestro: el matrimonio como contrato de arrendamiento.
Encontró a su ahora esposa, una maestra que le ganaba por cinco años de edad, pero que le llevaba décadas de ventaja en capital político. Ella no era una mujer para él; era una llave maestra. Su padre, el suegro de Ortelano, era un peso pesado en el Sindicato de Maestros, uno de esos hombres que deciden quién come y quién ayuna con un movimiento de ceja. Ortelano se vendió. Se puso el anillo de bodas como quien se pone una placa de identificación de una propiedad privada. No se casó con una persona, se casó con una plaza base, con las vacaciones pagadas y con la impunidad que te da pertenecer a la "familia" sindical.
Me detengo frente a mi casillero y apoyo la frente en el metal frío. Me pregunto dónde queda, en todo este esquema, esa basura romántica que nos inyectan desde la cuna. "Se enamoran, se casan y viven felices para siempre". Mentira. Es un script mal escrito para mantener a la gente mansa. A mis quince años, la realidad se me presenta como una tabla de Excel: ¿Cuánto tienes? ¿Para qué me sirves? ¿En qué te utilizo? ¿Dónde te tiro cuando ya no te necesito?
Todos somos piezas de ajedrez en el tablero de alguien más, pero la mayoría ni siquiera sabe que hay un tablero. Algunos creen ser la Reina porque se mueven en todas direcciones, sin notar que hay una mano invisible que los levanta del cuello. Otros, como Ortelano, se conforman con ser una Torre: pesada, estática, pero inamovible gracias a la burocracia. Hoy puedo ser el peón de otro para sobrevivir, pero cada movimiento que hago es para convertirme en la jugadora que patea la mesa.
Una vez que Ortelano tuvo la plaza, descubrió el nirvana de la burocracia mexicana. Es una estructura fascinante en su podredumbre. Las leyes, diseñadas supuestamente para proteger al trabajador, aquí son el escudo del parásito. Permisos económicos para irse de fiesta, vacaciones que se estiran como chicle, licencias con goce de sueldo por "estrés", y la joya de la corona: la posibilidad de ausentarse un año entero sin pisar un aula y seguir recibiendo el depósito quincenal en la tarjeta. Es el robo perfecto, legalizado y firmado por el sindicato.
Pero Ortelano quería más. Su ambición no era de grandeza, sino de comodidad cobarde. Manipuló a su esposa, la mujer que le dio todo, para que ella misma gestionara sus trámites de salida. Le vendió el sueño de la superación: "Me voy a Estados Unidos a estudiar una maestría, para darte una vida mejor". Y ella, atrapada en esa farsa de amabilidad que él proyecta, le firmó los permisos. Lo que ella no sabía —lo que el sistema no registra, pero la calle sí— es que Ortelano ya tenía otra vida allá. Otra casa, otra mujer, otra familia.
El tipo se convirtió en un fantasma transnacional. Venía a México solo un semestre, lo mínimo para que el sistema no detectara que la plaza estaba muerta, y luego se largaba con el dinero de los impuestos de mi madre a mantener su otra farsa en el norte. Un pie en cada país, una mentira en cada lengua.
La ausencia constante empezó a carcomer los cimientos de su casa en México. Cuando la esposa, ya marchita y llena de dudas, le reclamaba por las noches de soledad, él simplemente le arrojaba la palabra "cursos" a la cara. Cursos de actualización, cursos de pedagogía... palabras vacías para ocultar que él ya había tramitado el divorcio en las sombras de un juzgado lejano y se había vuelto a casar legalmente en Estados Unidos.
La respuesta de ella fue el último grito de una estructura que colapsa: el chantaje del cuerpo. Empezó a fingir enfermedades terminales, a entrar al hospital por "crisis nerviosas", atentando contra su propia vida de forma teatral para que él no tomara el vuelo de regreso a su otra familia. Un plan patético de alguien que no entiende que a un parásito no le importa si el huésped se muere, siempre y cuando ya haya encontrado otro donde alimentarse.
Saco mi cuaderno de bocetos y lo aprieto contra mi pecho. Miro a través de la ventana del pasillo hacia el patio, donde los demás corren y ríen sin saber que el mundo es un lugar donde los Ortelanos ganan todos los días. Él cree que hoy, en clase de Física, tuvo el control porque miró por debajo de mi falda. No sabe que lo que yo estaba haciendo era medir la profundidad de su caída.
Él me ve como una niña de quince años que puede manipular con su "amabilidad farsa". Yo lo veo como un error de diseño en el sistema operativo de mi realidad. No siento lástima por su esposa, ni odio por él; siento una necesidad arquitectónica de corregir el fallo. En la Calle 4, si no aprendes a diseñar tu propia salida, alguien te usará como material de relleno para sus cimientos. Y yo ya empecé a trazar el plano donde Ortelano no es más que una escombrera.
Cierro los ojos un segundo. El 6 de abril sigue avanzando. La siguiente clase me espera, pero yo ya no soy la misma que se despertó leyendo manhwas. Ahora soy la que analiza los expedientes ocultos de los que se creen dueños de mi futuro. La burocracia puede protegerlo a él, pero no hay ley sindical que lo proteja de una Arquitecta que ha decidido que él es la primera pieza que debe caer para que el nuevo diseño pueda comenzar.
Publicar un comentario