Capítulo IV: Selección Natural y el Protocolo del Almacén
7 de abril. 33°C. El aire en la biblioteca no circula; se estanca. Es una masa sólida de calor que te golpea la cara en cuanto cruzas la puerta. El único ventilador en el techo gira con una desgana que resulta insultante, produciendo un chirrido metálico que parece contar los segundos que nos quedan de vida antes de derretirnos. Ni tregua, ni brisa, ni esperanza.
Estamos "investigando" para la clase de Biología. La maestra, una mujer cuya amargura sugiere que ni el sol la calienta ni "Pancho ha cenado" en décadas, nos dejó el tema de la selección natural de Darwin. Qué soberana estupidez. ¿A quién le importa cómo evolucionó un pinzón en las Galápagos? Si me preguntaran por las líneas evolutivas de un Pokémon, te daría una cátedra de eficiencia estadística, pero esto... esto es solo material de relleno para mantenernos ocupados mientras el sistema operativo de la escuela se sobrecalienta.
Trabajar en equipo es un error de diseño. Siempre es lo mismo: uno tira del carro y los demás se cuelgan la medalla. Para mi "suerte", mi equipo es un muestrario de anomalías:
Caelum, sentado frente a mí, tiene las manos manchadas de tinta negra. No ha escrito una sola palabra sobre Darwin; está dibujando algo que parece un mapa estelar o el diagrama de un motor prohibido. Valeria, mi pieza más fiel, está ahí, firme a pesar del sudor, intentando encajar en un sistema social que la procesa como un error de sintaxis. Y luego está Julieta.
Julieta es patética. Sus cuadernos son un santuario a Arturo, el "cerebro" del salón. "Arturo te amo", corazones, caligrafía cursi... un desperdicio de papel. Arturo, por su parte, ni siquiera le da la hora. Es un recurso desperdiciado.
—Arturo —le solté cuando pasó por nuestra mesa, su olor a sudor de educación física mezclándose con el polvo de los libros—. Deberías hablar con Julieta. Ella "jala" contigo, ¿sabes? Está lista para ser utilizada.
Arturo se detuvo, limpiándose la frente. Me miró con una mezcla de curiosidad y desprecio. —¿Y qué gano yo con eso, Arquitecta? —Mmm... ya veremos —le contesté con una sonrisa de lado, muy al estilo Hachiman—. Tú solo afloja y coopera. El sistema se encarga del resto.
Se quedó pensando. "Lo pensaré", dijo.
El bibliotecario, un anciano que parece un remanente de una versión beta de la realidad, apenas nos oye. Sacar un libro es un protocolo burocrático más complejo que hackear el mainframe del Ártico. Gritar, hacer señas, escribir... una pérdida de tiempo total.
Entonces ocurrió. Arturo regresó con sus amigos, todos irradiando ese calor humano insoportable tras la clase de gimnasia. Me miró. Yo simplemente señalé a Julieta con la cabeza. Mi mejor papel de celestina cínica en un abril de fuego.
—Julieta, quiero hablar contigo —dijo él, sin rodeos.
Salieron de la biblioteca. Por la ventana, de reojo, vi cómo sus figuras se perdían hacia las bodegas de atrás, esas que el sistema parece haber olvidado renderizar del todo. Me quedé pensando en el manga "Gomu o Tsukete to Iimashita yo ne". Si la realidad es una simulación, las bodegas son el lugar perfecto para los errores de conducta, donde las reglas se vuelven... flexibles. Me puse un poco uuffff solo de imaginar el paralelismo. Quien haya leído ese manga sabe perfectamente de qué tipo de "intercambio de datos" hablo.
Pasaron 30 minutos. Caelum seguía en su mundo de tinta. —¿Qué onda? —le pregunté—. Solo somos tres para esta basura de Darwin. Caelum me miró. Su voz, cuando decide usarla, es un oráculo. —La selección natural no ocurre en los libros, Emy. Ocurre en la oscuridad, donde la presión obliga a los organismos a... adaptarse.
Y vaya si se adaptaron.
Cuando Julieta y Arturo regresaron, el "glitch" era evidente. Julieta intentaba acomodarse la falda con manos temblorosas. Su camisa blanca ya no era blanca; era un mapa gris de polvo, sudor y marcas de una "batalla" que no venía en los libros de texto. Arturo caminaba con el ego inflado, una sonrisa de victoria grabada en la cara mientras les susurraba a sus amigos los detalles de la "gloria".
La discreción no es una virtud en este instituto. En cinco minutos, el rumor se propagaba como una plaga, una infección en el código social. Darwin tenía razón: la especie busca sobrevivir, y en esta tarde de 33°C, Arturo y Julieta acababan de asegurar su lugar en la cadena trófica de la escuela.
Yo solo cerré mi libro. La lección de hoy no fue Biología. Fue sobre cómo una pequeña presión en el lugar adecuado puede desatar una reacción en cadena.
—Caelum, anota eso —le dije—. La evolución es ruidosa, sucia y, a veces, usa las bodegas del fondo.

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