CAPÍTULO IV (OCULTO): EL PROTOCOLO DE LA BODEGA 

Uuffff… no podía quitármelo de la cabeza. A pesar de que mis ojos estaban fijos en las páginas amarillentas sobre Darwin, mi mente se había escapado de la biblioteca, persiguiendo las sombras de Arturo y Julieta a través del patio ardiente del instituto. Con esos 33°C pegándosete al cuerpo como una segunda piel, como un aceite pesado que te impide respirar, mi imaginación se fue directo a las bodegas del fondo. Ese lugar que es el vertedero de los recuerdos escolares, que huele a encierro, a metal oxidado por décadas de abandono y a balones de fútbol desinflados que nadie ha tocado en años. Es un rincón donde el sol no llega de frente, pero donde el aire quema más que afuera, un calor rancio que se queda atrapado entre las paredes de ladrillo y no tiene por dónde escapar.

Me los imaginé entrando ahí, rompiendo la calma muerta de ese pasillo trasero. Arturo, con ese sudor de haber corrido en la cancha de educación física todavía brillándole en el cuello, una humedad que hacía que su playera se volviera casi transparente, marcando cada músculo de su espalda. Y Julieta, caminando un paso por detrás, con esa mezcla de pánico y fascinación que la hacía parecer una presa caminando voluntariamente hacia la trampa. Ella ni siquiera podía sostenerle la mirada; mantenía los ojos clavados en los talones de los tenis de Arturo, contando sus pasos, sintiendo cómo el pavimento le quemaba las suelas de los zapatos.

La puerta de metal, pesada y carcomida por el salitre en las esquinas, se cerró con un quejido largo y agudo, un lamento de hierro que pareció sellar su destino. Clanc. Ese sonido dejó atrás el murmullo lejano de la escuela, las risas estúpidas en el patio y ese ventilador de la biblioteca que no sirve para nada más que para desesperarme. Allí dentro, de repente, el silencio se siente en los oídos como una presión física, interrumpido solo por sus respiraciones. Al principio eran lentas, pero en cuanto la oscuridad los envolvió, se volvieron rápidas, cortadas, llenas de ese aire viciado que de pronto parecía escasear.

—Arturo… ¿qué hacemos aquí? —puedo visualizarla diciendo eso, con la voz temblando tanto que casi no se entiende, mientras retrocede por instinto, arrastrando los pies en el polvo, hasta que su espalda choca contra una de esas estanterías de madera vieja que crujen bajo su peso.

Arturo no es de los que dan explicaciones, y menos en un momento así. Me lo imagino acortando la distancia en dos zancadas, atrapándola contra la madera, invadiendo ese espacio que Julieta había protegido con cuadernos llenos de corazones pero que ahora entregaba sin pelear. El calor entre sus cuerpos debía ser insoportable, una hoguera humana en medio de un horno de cemento, pero era de ese tipo de calor que no quieres que se vaya, una temperatura que te nubla el juicio y te hace olvidar que en diez minutos suena la campana.

La blusa blanca de Julieta, empapada por la humedad del ambiente y por su propio nerviosismo, se le pegaba al cuerpo de una forma obscena, marcando el contorno de su sujetador y todo lo que ella intentaba ocultar con su timidez de siempre. Arturo la miraba con una fijeza que daba miedo, una mirada que la desnudaba mucho antes de que sus manos hicieran el trabajo.

Siguiendo la vibra de ese manga que no me saco de la cabeza, Gomu o Tsukete..., la cosa no fue lenta ni tuvo preámbulos románticos. Aquí no había música de fondo ni pétalos de rosa, solo el olor a caucho viejo y el calor que te hace querer arrancarte la ropa a jirones. Arturo, con esa seguridad de quien sabe que tiene a la presa justo donde quería, le pasó la mano por la cintura, una mano grande y caliente que apretó la tela de la falda gris, arrugándola sin ningún cuidado, deshaciendo los pliegues perfectos que ella se había esmerado en planchar. Escucho en mi mente el roce áspero de la tela contra la piel, el sonido de los botones de la blusa cediendo ante la presión, uno por uno, como pequeñas explosiones de realidad en mitad de la fantasía.

La urgencia de Arturo era palpable. Sus dedos no tenían tiempo que perder; se movían con la desesperación de quien sabe que el tiempo es un lujo que no tienen, que cualquier prefecto o profesor metiche podría pasar por ahí. Me imaginé cada segundo con una nitidez enfermiza: el contacto de la piel sudada contra la piel sudada, ese deslizamiento pegajoso que se siente eléctrico, el polvo del suelo de cemento levantándose en pequeñas nubes y manchándoles las rodillas, los codos, la ropa. Ese olor a pecado juvenil, a hormonas desatadas y a encierro que lo envuelve todo como una neblina densa.

Arturo no fue tierno, y Julieta no esperaba que lo fuera. Él fue directo, reclamando cada rincón de ella, cada centímetro de piel que Julieta le había ofrecido en sus fantasías nocturnas y que ahora era una realidad de carne y hueso. Él la tomaba como si fuera su trofeo de guerra, como si en ese acto estuviera cobrándose todas las humillaciones del instituto. Y ella… ella se arqueaba contra él, con la cabeza echada hacia atrás, chocando contra los libros viejos y los mapas olvidados, soltando gemidos ahogados que se perdían entre las cajas de cartón. Se entregaba con una desesperación que solo el primer deseo de verdad, ese que te quema las entrañas, te puede dar.

Fueron 30 minutos de gloria sucia en la oscuridad. Treinta minutos donde el tiempo se detuvo mientras afuera el mundo seguía girando de forma monótona, hablando de la evolución de Darwin y de pinzones en islas lejanas. ¡Qué ironía! La verdadera evolución, la más primitiva y salvaje, la que nos hace humanos y animales al mismo tiempo, estaba pasando ahí mismo, sobre un montón de mapas de geografía que ya nadie usa y colchonetas de gimnasia que exhalaban polvo con cada movimiento rítmico de sus cuerpos.

Me imaginé el sudor goteando de la frente de Arturo sobre el pecho de Julieta, las manos de ella enterrándose en la espalda de él, buscando un anclaje en medio del caos. Cada jadeo era una nota en esa partitura de descontrol que yo estaba componiendo en mi cabeza mientras fingía leer. La bodega se convirtió en un universo aparte, donde las leyes de la escuela no existían, donde solo importaba el roce, el peso y ese calor que lo volvía todo más denso, más real.

Cuando regresaron a la biblioteca, el cambio en el aire fue brutal. Verla a ella entrar primero, intentando con dedos torpes y temblorosos abrocharse los botones que Arturo había soltado con tanta saña, me dio un vuelco en el estómago. Julieta ya no era la misma niña cursi que escribía "Arturo te amo" con letra de burbuja; ahora tenía ese brillo en los ojos, esa mirada de quien acaba de cruzar una línea de la que no se regresa. Tenía la cara roja, el pelo revuelto y ese aire de quien ha probado el fruto prohibido y ha descubierto que sabe a sudor y a polvo.

Y la blusa… la blusa fue lo que más me impactó. Esa mancha gris en la espalda, esa marca de suciedad del suelo de la bodega, era el mapa de su rendición, la prueba física de que todo lo que yo había imaginado en mi cabeza había ocurrido paso a paso. Arturo entró un par de minutos después, caminando con una suficiencia que me dio asco, con esa sonrisa de "lo logré" grabada en los labios, recibiendo los choques de puños invisibles de sus amigos.

—Emy, ¿estás bien? Estás muy callada —me soltó Caelum, su voz rompiendo por fin la burbuja de mi trance.

Me pasé la mano por la nuca, sintiendo mi propio sudor, que ahora me parecía más frío que antes. Tenía la cara ardiendo, y sabía perfectamente que no era solo por los 33 grados que marcaba el termómetro de la entrada. —Solo pensaba en lo rápido que se descontrolan las cosas cuando hace demasiado calor —contesté, cerrando mi cuaderno de un golpe seco, como si con eso pudiera cerrar también la bodega en mi mente.

Pero la imagen seguía ahí. El rastro de Julieta, el orgullo de Arturo y el calor de abril que lo permitía todo.

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