LA CENIZA Y EL ALMA
Nayarit, 2026. El aire pesa. No es solo el humo denso que se eleva desde las piras de narcóticos o el olor a plástico quemado de las tragamonedas trituradas; es el peso de una verdad que todos sentimos pero pocos se atreven a nombrar. Entre el crepitar de las llamas, se ha escuchado el eco de un sistema que ha intentado sustituir la protección real por un espectáculo de luces y sombras. Entra, lector, a este espacio de calma; aquí no hemos buscado estadísticas, hemos buscado entender cómo mantener nuestra humanidad intacta mientras el mundo exterior se ha distraído con el fuego.
El teatro de la incineración en Nayarit ha sido, en el fondo, un acto de desesperación narrativa. Se han quemado kilos de veneno y se han destruido máquinas de azar frente a las cámaras para darnos una ilusión de control. Pero tú y yo hemos sabido leer entre las cenizas. Esta limpieza no ha sido el fin de un ciclo, sino la poda de una planta que ya ha echado raíces más profundas en otro lugar. Se han destruido las máquinas del azar callejero mientras la ludopatía digital, mucho más voraz y silenciosa, ha seguido devorando el tiempo y la paz de nuestras familias desde la sombra de un teléfono móvil.
Nuestras comunidades han quedado atrapadas en una geografía del sacrificio. El estado ha decidido que este fuego ha sido necesario para que el resto del país duerma tranquilo, pero en los márgenes, el silencio ha sido absoluto. La quema de este nodo ha sido solo una tregua visual. Mientras el humo se ha dispersado, la infraestructura productiva ha mutado hacia la invisibilidad. No se ha tratado ya de grandes convoyes, sino de la atomización del peligro en nuestras calles. La verdadera frontera hoy no ha estado en el mapa, sino en la puerta de cada hogar que ha tenido que decidir si confía en el espectáculo oficial o en su propia capacidad de vigilancia.

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