EL SÉPTIMO SENTIDO: LA ARQUITECTURA DE LA PERCEPCIÓN SIN CONTACTO



La ciencia ha vivido bajo la dictadura de los cinco sentidos tradicionales, ignorando las capas de sensibilidad profunda que el cuerpo humano proyecta hacia el exterior. Investigaciones recientes han confirmado que nuestra piel y sistema nervioso no necesitan el roce físico para "sentir" la presencia de la materia. Existe una capacidad de detección térmica y de presión sutil que actúa como una extensión natural de nuestra voluntad. Este descubrimiento no es una curiosidad técnica; es la prueba de que el ser humano es un organismo de alta sensibilidad diseñado para reconocer la realidad antes de que esta sea tocada, validando la soberanía del espacio vital a través de la pura percepción orgánica.

Lo que antes se clasificaba como intuición o "presentimiento", hoy se revela como una función biológica fundamental. La interacción entre el sujeto y el entorno crea una perturbación sutil que el cuerpo procesa de forma instintiva, mucho antes de que la razón intervenga.

  • Se ha detectado que el cuerpo percibe cambios infinitesimales en el calor ambiental y en las corrientes de aire cuando un cuerpo sólido interrumpe el espacio inmediato. Esta "visión de piel" es el sistema nervioso operando en su estado más primitivo y puro, asegurando la integridad del Yo frente a lo externo.

  • El ser humano proyecta una "burbuja" de conciencia que se extiende más allá de la dermis. Esta capacidad de reconocer objetos sin contacto físico permite una navegación intuitiva, demostrando que nuestra relación con el mundo es una danza de presencias y vacíos que no requiere la colisión para ser real.

Mediante pruebas controladas, se ha concluido que los individuos pueden identificar la proximidad de elementos naturales o estructuras sólidas sin el uso de la vista o el oído. Este "séptimo sentido" es un remanente de nuestra arquitectura de supervivencia, una conexión directa con la vibración de la materia que hemos ignorado por siglos.

Se ha identificado que la conciencia no termina en los dedos. La soberanía del individuo se expande hacia el entorno, creando un perímetro de seguridad biológica que nos permite "reconocer" la realidad con la simple presencia, decodificando el aire y el calor como si fueran mapas táctiles.

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