TDAH Femenino: El Sesgo de la Máscara Invisible



Imagina un archivo clínico donde las carpetas de las mujeres adultas están clasificadas bajo el polvo de la "ansiedad generalizada" o la "depresión recurrente". Estamos en una sala de observación blanca, aséptica, donde el criterio diagnóstico fue forjado hace décadas observando únicamente el comportamiento de niños varones hiperactivos en patios escolares. La tesis es cruda: el TDAH en mujeres no es una variante del masculino; es una entidad clínica que ha sido invisibilizada por un sistema que penaliza la internalización del síntoma y premia el camuflaje social. Se ha diagnosticado poco y mal porque hemos buscado un incendio (hiperactividad externa) cuando lo que ocurre es una combustión lenta de la atención y la regulación emocional.

La arquitectura del DSM-V ha sido, históricamente, un espejo del comportamiento disruptivo masculino. El Archivista registra que los criterios originales se centraron en la externalización: correr, saltar, interrumpir. En las mujeres, la neurodivergencia suele manifestarse como inatención pura o hiperactividad interna (un flujo incesante de pensamientos que no da tregua). El sistema ha fallado al no reconocer que, mientras el niño molesta a la clase, la niña se desconecta en un mundo de ensueño o compensa su desatención con un perfeccionismo agotador.

 La presión sociológica ha obligado a la mujer a desarrollar el masking como una herramienta de supervivencia. Se han diseñado mecanismos de compensación tan sofisticados —agendas triples, alarmas constantes, sobreesfuerzo cognitivo— que el síntoma se vuelve invisible para el clínico promedio. Esta "funcionalidad" aparente es la que impide el diagnóstico; el sistema solo ve el éxito en la entrega del reporte, pero ignora el colapso nervioso que ocurrió la noche anterior para lograrlo.

He analizado los registros de diagnósticos erróneos: es alarmante la frecuencia con la que el TDAH se confunde con el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) o el Trastorno Bipolar debido a la desregulación emocional. El clínico, al carecer de la perspectiva de género, interpreta la impulsividad verbal o la sensibilidad al rechazo (RSD) como inestabilidad afectiva primaria, ignorando que el motor de fondo es un déficit de dopamina y una disfunción ejecutiva.

El diagnóstico tardío en mujeres adultas no es solo un error administrativo; es una herida en la identidad. Al recibir el nombre de su condición a los 30 o 40 años, la mujer no solo encuentra una explicación a su "caos", sino que debe iniciar un proceso de duelo por las décadas en las que se llamó a sí misma "vaga", "descuidada" o "demasiado emocional". La veracidad quirúrgica nos obliga a admitir que la ciencia médica ha sido un testigo ciego de la arquitectura cerebral femenina.

"Has pasado la vida construyendo andamios para sostener un cielo que otros habitan sin esfuerzo; el diagnóstico no es una etiqueta de limitación, sino el mapa de tu propia soberanía cognitiva."

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