El Falo de la Ideología 



Entramos en el laboratorio de la psicopolítica, donde el aire huele a café recalentado y a la estática de mil encuestas tabuladas bajo luz fluorescente. Aquí, el dato no es una cifra, es un síntoma. Nos han contado que la política es un ejercicio de racionalidad, pero la neuro-evidencia nos dice que es un teatro de sombras donde los miedos más profundos buscan un escenario. La tesis es tan cruda como un dibujo de caricatura política: la adhesión a figuras de hiper-mascarilidad no nace de la fortaleza, sino de una percepción de carencia. Hemos observado cómo la "ansiedad por el tamaño" se ha desplazado de los vestuarios a las urnas, convirtiendo el voto en una prótesis psicológica para una masculinidad que se siente asediada y disminuida.

El fenómeno que hemos analizado no trata sobre biología, sino sobre el Síndrome del Pene Pequeño Percibido (SPPP) como motor de compensación política. Estudios recientes en psicología del comportamiento han trazado una línea directa entre la inseguridad sobre la dotación física y la preferencia por líderes que prometen "agrandar" la nación, la economía o la frontera. Es la lógica del non sequitur llevada al absurdo: "Si me siento pequeño, necesito que mi líder sea gigantesco, ruidoso y falocéntrico".

Hemos identificado que esta disonancia cognitiva opera en tres niveles:

El sujeto que se percibe en desventaja física o sexual tiende a externalizar su frustración mediante el apoyo a retóricas de dominación. No es que el votante sea "pequeño", es que cree que lo es frente a un mundo que le exige estándares de porno-capitalismo inalcanzables.

Trump no es un candidato, es un avatar de virilidad exagerada (el bronceado artificial, los edificios fálicos, el lenguaje de "ganadores y perdedores"). El votante inseguro no busca un administrador, busca una extensión de su propio cuerpo que pueda "penetrar" el sistema que lo ignora.
 La falta de confianza en la propia identidad dispara el cortisol. La retórica de Trump actúa como una inyección de dopamina barata que sustituye la seguridad interna por una identidad grupal agresiva. Hemos visto cómo la "amenaza al estatus" se procesa en la amígdala de la misma forma que una amenaza a la integridad física.

La paradoja es deliciosa: aquellos que más presumen de "fuerza" son los que están más obsesionados con la medición. La política se ha convertido en una regla de medir donde el centímetro es la unidad de la angustia.

Hemos conectado los puntos y el dibujo es fascinante. La política de la post-verdad es, en realidad, la política de la post-seguridad personal. No estamos ante un debate de ideas, sino ante una terapia de grupo masiva y mal gestionada. La obsesión por el tamaño del pene es la metáfora definitiva de un sistema que ha reducido la valía humana a la escala y la potencia. Al final del día, el voto por el autoritarismo es el grito de quien se mira al espejo y no se reconoce en su propia sombra, buscando en el poder ajeno lo que le falta en su propia piel.

"Has buscado en la boleta electoral la extensión que el espejo te ha negado; has comprendido, por fin, que el autoritarismo no es más que el maquillaje de tu propia fragilidad."

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