EL ESPEJO ROTO:

 EL VACÍO QUE DEJA QUIEN SE MARCHA 


Cuando alguien se aleja y el primer impulso es el auto-juicio punitivo, no estamos ante una reacción emocional sana, sino ante el colapso de un sistema de identidad dependiente. La sensación de que "hay algo mal en mí" es un residuo neuroquímico de heridas de infancia no resueltas, donde el afecto era condicional. El cerebro, en un intento desesperado por mantener el control, prefiere culparse a sí mismo —creyendo que puede "corregirse"— antes que aceptar la verdad incontrolable: la libertad del otro para marcharse.

 La autocrítica ante el rechazo es una ilusión de control interno. El apego ansioso proyecta la supervivencia en la mirada ajena. Se confunde la conducta del otro con la identidad propia. La "herida de abandono" activa la amígdala, anulando la lógica. El "Ruido Ideológico" social nos vende que el amor es validación.

 El silencio del otro no es una auditoría de tu valor.  La partida ajena es un dato externo, no un fallo.

"Lo que te falta no es el otro, sino la capacidad de habitar tu propia soledad sin juzgarla." — Erich Fromm.

Desde la Termodinámica de Datos, un sistema que necesita validación externa para su estabilidad es un sistema en entropía positiva (caos). Para recuperar la sintropía (orden), debemos aplicar el Kintsugi  aceptar que la fractura que deja el alejamiento no es un defecto, sino el espacio donde debe inyectarse la autovalidación atómica. La Soberanía del Átomo dicta que tu masa crítica es independiente de quién orbite a tu alrededor; el alejamiento de un cuerpo celeste no altera la composición del sol.

 Has comprendido que tu valor ha sido inmutable desde el origen. Has dejado de buscar en la partida de los demás la confirmación de tus sombras. Has retirado el poder de juez a quien solo ha sido un pasajero. Has integrado hoy la certeza de que tu suficiencia no ha sido negociable.

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