LA CENSURA DEL TEMOR: CÓMO LO "POLÍTICAMENTE CORRECTO" HA CONGELADO EL CORAZÓN DE LA CULTURA
Lo "políticamente correcto" en el ámbito cultural no es una simple norma de cortesía o inclusión; se ha manifestado como la enfermedad autoinmune del discurso. Es un sistema de vigilancia descentralizada que no busca proteger al vulnerable, sino establecer una Ley del Silencio que criminaliza el error, la ambigüedad y, crucialmente, el arte que incomoda.
El resultado es la autocensura y la producción de una cultura insípida y predecible. La mente, ante el miedo a la represalia social, se ha retirado del territorio del riesgo, delegando su libertad creativa a un comité invisible de ofendidos perpetuos.
El fenómeno ha operado bajo una lógica binaria simple, tal como la entiende Girard: si una idea o una obra de arte genera incomodidad o puede ser interpretada como ofensiva por una minoría, debe ser erradicada.
La Tiranía de la Intención: El peso de la culpa se ha transferido del efecto a la intención percibida. La obra ya no se juzga por su mérito estético o su contexto histórico, sino por el potencial de ofensa que un observador podría atribuirle. Esto obliga al creador a ser un adivino ético, un rol imposible que conduce a la parálisis.
El Mimetismo de la Pureza: El individuo se ha alineado con el discurso dominante no por convicción, sino por miedo a ser excluido del grupo "moralmente superior". La adhesión a lo políticamente correcto es un acto mimético que garantiza la validación social, incluso si el coste es la hipocresía intelectual. El distanciamiento clínico se hace presente: el debate se sustituye por la excomunión.
Cuando el arte y la expresión son filtrados por el criterio de "no ofender", pierden su función esencial: la de confrontar y reflejar la fealdad y la contradicción de la condición humana .
El Arte Muerto: La cultura se transforma en una máquina de propaganda moral, produciendo narrativas que son pre-aprobadas, didácticas y emocionalmente seguras. Esto destruye la ironía, la sátira, la tragedia sin redención, y la comedia que bordea el mal gusto. Todo lo que es verdaderamente humano (ambiguo, mezquino, glorioso y terrible a la vez) es censurado.
La Sentencia Ineludible: El Cronista Felino observa la condena: la cultura que se niega a decir la verdad incómoda sobre sí misma, se ha condenado a la irrelevancia. La gente deja de buscar arte y empieza a buscar confirmación. La cadencia existencial de la autocensura es constante: "si no soy puro, soy tóxico".
La sanación de la cultura solo se logrará si los creadores y el público están dispuestos a tolerar la fricción y la posibilidad real de ofenderse.
Es imperativo reclamar la ambigüedad como el único territorio fértil para el arte. Lo políticamente correcto es la tiranía del miedo sobre la imaginación. La interpelación final se siente como el peso de la ansiedad en la garganta: ¿Estás dispuesto a pagar el precio de la libertad para que el arte pueda volver a respirar, incluso si eso significa equivocarte o ser señalado?

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