🏦 La Arma Fiscal del Ausentismo: El Cierre es Volatilidad, No Crisis Moral



El titular se enfoca en la postal del drama: una "ciudad fantasma", el luto burocrático, la pausa forzada en el motor federal. Desde la perspectiva del mercado global, sin embargo, el cierre del Gobierno no es una tragedia, sino una variable de riesgo que debe ser cuantificada y gestionada. Es el ruido irritante en la sala de operaciones, no el colapso fundamental del sistema.

Este evento, repetitivo y predecible en el ciclo político, revela una verdad financiera esencial: la instrumentalización despiadada del presupuesto. El cierre no es un fallo administrativo accidental o un error de cálculo; es la activación estratégica de un arma fiscal en el pulso político entre facciones. El Gobierno, el supuesto garante de la estabilidad y la confianza, se convierte así en un activo tóxico que sus propias élites están dispuestas a devaluar con tal de ganar una cláusula marginal en una ley de gasto o de deuda. El valor de la nación es puesto en garantía por un conflicto interno.

El costo real del ausentismo federal no se mide en el dolor momentáneo de los empleados públicos, que son tratados como simples activos no esenciales y pueden ser revaluados en la próxima nómina. El costo se mide primariamente en la volatilidad que inyecta en la economía global. La credibilidad del bono soberano, la capacidad de due diligence de las agencias de regulación de valores, la confianza en el contrato social de la nación: todos estos elementos sufren una rebaja silenciosa en su valoración fundamental. El capital, por encima de cualquier ideología o moral, detesta la incertidumbre. La parálisis es una comisión de riesgo que se suma al costo de las transacciones.

La hipocresía fiscal es evidente y se registra en las hojas de cálculo. Los mismos políticos que exigen recortes draconianos y cierran la administración federal están dispuestos a cargar al contribuyente con un interés de pánico sobre la deuda pública. El cierre genera un "pico de riesgo sistémico" que obliga a las corporaciones y los mercados a recalibrar sus modelos de inversión y a inflar sus primas de riesgo. Esto no es un juego de ajedrez; es una subasta de la fe nacional, donde cada día de parálisis añade un cero al costo de la inestabilidad.

Mientras Washington se congela en una teatralidad vacía, el verdadero juego se juega en los mercados de derivados y en los tableros de las grandes calificadoras. El foco no está en los trabajadores en furlough—que son tratados con frialdad como capital humano desechable en el balance de pérdidas y ganancias—, sino en si esta parálisis amenaza la calificación crediticia de la deuda globalmente, elevando el costo de pedir prestado para todos. La "ciudad fantasma" es solo un escenario, la utilería montada para una negociación de alto riesgo.

Este espectáculo de disfunción crónica solo demuestra que la máxima valoración no está en la efectividad y la fluidez del Estado, sino en la capacidad de la élite para manipular su ineficiencia como palanca de negociación. El ciudadano de a pie se queda con el pánico de no saber si tendrá cheque, el político se queda con el titular de la victoria temporal. Y el mercado, al final, siempre cobra la comisión por el trading de la crisis. El capital siempre gana, incluso en el vacío administrativo.

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