LA ÚLTIMA LÍNEA DE DEFENSA
POR QUÉ LA RISA ES EL CRIMEN QUE EL PODER NO PUEDE PERMITIR
"La risa no es un accesorio social, es el detector de mentiras más antiguo del Estado."
La afirmación de Woody Allen no es un chiste; es, de hecho, el teorema fundamental de la ciencia política. Es la prueba A en la escena del crimen. La búsqueda de justicia revela una pista que la mayoría pasa por alto: la risa es el arma que el poder no puede confiscar. Mientras los intelectuales debaten la verdad, el comediante simplemente la imita hasta que se vuelve ridícula.
El humorista no es un entretenedor; es un inspector de fallas sistémicas. Su trabajo es exponer la brecha obscena entre la versión oficial de la realidad y la verdad absurda que se esconde detrás. Cuando el Estado se ofende por un meme o revoca una visa por un discurso, no está defendiendo su honor, sino intentando desmantelar la única herramienta que desnuda su farsa con impunidad. Es un acto de pánico.
"La verdad de la sátira es un espejo demasiado preciso para que la farsa del poder lo soporte."
La censura es, por lo tanto, el último acto de un sistema fallido. No censuras la verdad que da miedo, censuras la verdad que da risa, porque el miedo se combate con valentía, pero el ridículo no tiene defensa. Cuando tomas la libertad de expresión, la primera víctima no es el debate, sino la capacidad de reírse del hombre con la insignia y el uniforme que se cree un dios.
Cerramos la carpeta de la investigación con una advertencia grave: el crimen no es la broma. El crimen es el silencio. Lo que el poder no entiende es que la risa embotellada no desaparece; se fermenta. Y cuando ese humor reprimido y ácido explota, ya no es una sátira. Es una revuelta.
¿Cuándo dejamos de reírnos de los monstruos, nos convertimos en ellos?

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