LA SOMBRA SIN ROSTRO

Un misterio envuelto en un enigma: ¿Quiénes son los rostros detrás de Antifa y por qué el sistema los quiere silenciar?

En el vasto y desordenado expediente de la política estadounidense, emerge un fantasma sin nombre ni rostro: un movimiento descentralizado que se opone de manera activa al fascismo. La narrativa oficial lo ha caricaturizado, lo ha pintado como una horda de vándalos, anarquistas sin causa y destructores del orden. Es el villano perfecto para una obra de teatro con un guion previsible, un enemigo invisible y escurridizo que justifica la existencia de un héroe que promete "restaurar la ley y el orden". El mismo presidente Donald Trump ha intentado, sin éxito, declarar a Antifa como una "organización terrorista", una movida tan estratégica como vacía.


Este movimiento, si bien no tiene una estructura formal, es un eco de la larga historia de resistencia contra los grupos de odio. Los "antifascistas" han existido en diversas formas durante el último siglo, luchando contra la opresión en la Europa de los años 30 y en las calles de la Guerra Fría. La ironía del presente es que se les acusa de ser "terroristas" mientras se enfrentan a grupos supremacistas blancos, que han sido responsables de una gran cantidad de actos violentos en el país. El FBI ha reconocido que los ataques motivados por el supremacismo blanco son la amenaza más peligrosa a la seguridad de la nación. La batalla en las calles no es un espectáculo, es un ritual ancestral.

La estrategia es un viejo conocido: al caricaturizar al enemigo, se desvía la atención del verdadero problema. En lugar de confrontar el resurgimiento de los grupos neonazis y del Ku Klux Klan, se enfoca la energía en un grupo sin líderes ni jerarquía. La narrativa se vuelve un espejismo: se persigue a la sombra para evitar enfrentar al monstruo. El resultado es que el debate se polariza, el público se divide y, en el fondo, la injusticia florece.

La táctica es simple: cuando el sistema no puede resolver un problema, crea un enemigo más conveniente. El Proletario Felino ve en esta historia una investigación forense. Los hechos fríos, las cifras de la violencia, las declaraciones de los políticos, todo es una pista. El fantasma no está en los callejones, sino en el corazón del poder. La verdad no es un hecho, es una huella dactilar. Y la narrativa oficial, una negación. La "guerra" contra un grupo sin líder es una guerra contra una idea. ¿Y cómo se le gana la guerra a una idea? Con otra idea. Con otra forma de ver la realidad. Y el poder, teme a eso.

La ironía de este escenario no es que el crimen haya penetrado el poder, sino que el poder se ha convertido en una extensión del crimen.

La ironía no es que Antifa sea el enemigo. La ironía es que Antifa es el espejo que le muestra al sistema su propio reflejo. Su existencia es una respuesta directa al resurgimiento de ideologías que la sociedad juró haber dejado atrás. No es una amenaza para la democracia, es una manifestación de su fragilidad. El debate no es sobre la violencia de las protestas, sino sobre por qué las protestas son necesarias. La pregunta que flota en el aire es un eco: ¿cuándo el sistema se vuelve tan corrupto que la única respuesta posible es la sombra?

El telón baja, el show ha terminado. Pero la pregunta flota en el aire, una pregunta que nos interpela a todos. 


¿Qué pasaría si, en lugar de declarar a Antifa como "terrorista", el sistema finalmente decidiera enfrentar a los demonios que ellos, sin rostro, combaten?

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