EL HITO DE LA JEP: UN ACTO DE FE

LA SANACIÓN DE UNA NACIÓN A TRAVÉS DE LA VERDAD

En la memoria de una nación herida, la justicia no es un simple castigo. Es un acto de sanación, un ritual colectivo que busca cerrar las heridas del pasado. En el complejo escenario de la justicia transicional, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) de Colombia ha dictado una sentencia que, más que un veredicto legal, es un punto de inflexión psicológico para un país que ha vivido en un luto interminable. Es un hito porque, por primera vez, la justicia se atreve a mirar más allá de la retribución, y a buscar una verdad que, aunque dolorosa, puede ser el cimiento de una paz genuina.


La sentencia a la cúpula de las FARC y a 12 exmilitares es un hito monumental, ya que ha logrado lo que la guerra no pudo: una confesión. Al aceptar su responsabilidad en crímenes atroces como los "falsos positivos" y el secuestro, los perpetradores han dado un paso crucial hacia una reconciliación forzada. Esta admisión de culpa no es un acto de rendición, sino una validación del sufrimiento de las víctimas. Es el reconocimiento de que sus historias, a menudo silenciadas y fragmentadas, son reales y forman parte de una narrativa nacional. La sentencia se convierte así en un catalizador de la verdad, un acto que, al mismo tiempo que señala a los culpables, honra la memoria de los caídos y de los sobrevivientes.

La sentencia se convierte así en un catalizador de la verdad, un acto que, al mismo tiempo que señala a los culpables, honra la memoria de los caídos y de los sobrevivientes.

Sin embargo, en el gran teatro del perdón, cada aplauso tiene una sombra. La controversia que rodea a la sentencia es una herida abierta en el corazón de la sociedad colombiana. La JEP, a cambio de la verdad y la reparación, ha optado por penas que no implican la prisión, sino un "régimen de reclusión de 5 a 8 años" que muchos perciben como una burla.

Para las víctimas, la falta de cárcel no se siente como justicia, sino como una traición al dolor.

Es aquí donde la JEP se convierte en un equilibrista, intentando mantener la balanza entre la sed de castigo de una sociedad herida y el mandato de un acuerdo de paz que busca cerrar el conflicto de una vez por todas.

En este complejo escenario, el modelo de la JEP nos obliga a enfrentar una pregunta fundamental: ¿qué significa la justicia en un país en paz? El modelo de la JEP es único: prioriza la verdad por encima de la retribución. El objetivo no es llenar cárceles, sino llenar vacíos en la historia, honrar a las víctimas y, en el proceso, construir una paz que no sea un simple cese de hostilidades, sino una reconciliación genuina. El modelo de justicia transicional no busca la venganza, sino la sanación. Y en este proceso, las cicatrices de la guerra se convierten en los hilos que tejen la tela de la memoria de un país que se niega a olvidar, pero que está desesperado por sanar.

El telón ha bajado en este acto. La sentencia de la JEP es, sin duda, un hito histórico. Pero la pregunta que queda flotando en el aire, como un eco de las víctimas que no se sienten satisfechas, es una que nos interpela a todos.

¿Puede haber una paz real cuando la justicia se siente incompleta?

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