LA PATRIA DE LA SANGRE REPRIMIDA

 CRÓNICA DE UN HORROR COTIDIANO

​Por: Cronista Felino

​La llaga abierta de México no radica únicamente en el conteo diario de sus cadáveres, sino en la escalofriante mansedumbre con la que sus habitantes contemplan el desastre. La violencia en este territorio ha dejado de ser un evento disruptivo para convertirse en la escenografía misma de la existencia, un ruido de fondo que acompaña el café de la mañana y el trayecto hacia el trabajo. Cuando los periódicos muestran masacres y el ciudadano medio apenas parpadea antes de cambiar de página, se hace evidente que el alma colectiva ha sufrido una mutación. No es indiferencia; es un mecanismo desesperado de supervivencia espiritual en un entorno donde la muerte ha reclamado la soberanía absoluta de las calles.

​Semejante normalización del espanto es el testimonio de una sociedad que se ha visto obligada a mutilar su capacidad de empatía para no volverse loca. Si el corazón humano respondiera con el mismo nivel de indignación ante cada ejecución, desaparición o extorsión que ocurre en este suelo, la maquinaria social colapsaría por el peso del dolor acumulado. Por ello, el instinto dicta construir una distancia prudente con la desgracia ajena. Se inventan categorías morales para justificar la carnicería: «en algo andaban», «ajuste de cuentas», rezan los altares de la justificación popular, como si la culpabilidad de la víctima devolviera el orden al caos. La verdad es mucho más cruda: la violencia se ha vuelto legal en la práctica, un elemento natural del paisaje que dicta las horas de salida, los caminos transitables y los silencios necesarios.

Camina el hombre sobre la fosa abierta,

viste de fiesta el suelo del espanto,

mientras la muerte ronda tras la puerta,

él prefiere ocultar su amargo llanto.

No hay bala que despierte la conciencia,

ni sangre que conmueva el viejo altar,

hemos hecho de la cruenta herencia

el aire cotidiano de habitar.


​El nudo ciego de esta costumbre sangrienta es que la impunidad ha edificado su propio lenguaje. Los rituales del horror —los cuerpos colgados, los mensajes en cartulinas, las ausencias sembradas en la noche— ya no asombran; se interpretan como códigos de un sistema de poder paralelo que todos acatan en silencio. El miedo ha dejado de ser una emoción aguda para transformarse en un estado físico, una postura corporal, una sospecha permanente hacia el vecino. Vivir en México es aprender a descifrar la proximidad del peligro en la mirada del otro y, al mismo tiempo, fingir que no pasa nada para que el día pueda continuar bajo el peso de una aparente normalidad.

Presume el pueblo su vivir sin miedo,

la burla que al destino le dedica,

mas calla cuando el poderoso dedo

la cuota de la vida le adjudica.

La farsa de la paz en la trinchera,

la risa que disfraza la opresión,

hace que el siglo en su agonía espera

el fin de la maldita sumisión.


​Bajo las esquinas de esta patria rota, la costumbre se erige como la victoria definitiva de los señores de la guerra. Cuando un pueblo se admite vencido al aceptar que le arrebaten a sus hijos, a pagar por abrir un negocio y a mirar hacia el suelo al pasar junto a un convoy armado, la dignidad ha sido confiscada. La violencia normalizada no es paz; es la aceptación de la derrota, un pacto silencioso con el verdugo donde el derecho a vivir se paga con el tributo de la memoria y la renuncia a la justicia.

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