Pemex y el Arte de la Ilusión Soberana
Por: Profesor Bigotes
En el fascinante teatro de la economía nacional, donde las leyes de la oferta y la demanda suelen ser tratadas como sugerencias opcionales, hemos asistido recientemente a un nuevo acto de prestidigitación: el refrendo de los acuerdos de estabilidad entre Pemex y los gasolineros. Mientras el resto del mundo desarrollado se flagela con la volatilidad del West Texas Intermediate (WTI) y llora ante las pantallas de Bloomberg, en México hemos decidido que el precio de la gasolina regular y el diésel debe gozar de una quietud casi monacal. No es un fenómeno espontáneo, por supuesto; es una arquitectura de "estabilidad" tan deliberada que haría que un relojero suizo se sintiera un aficionado.
La génesis de este acuerdo es de un romanticismo técnico enternecedor. Se basa en la premisa de que la energía no es un insumo, sino un derecho divino que no debe verse afectado por trivialidades como una guerra en el Golfo Pérsico o un desplome del peso. En esta narrativa, el transporte terrestre de mercancías es la vaca sagrada que no puede ser molestada. Si el diésel sube un centavo, la inflación nos amenaza con el apocalipsis en el precio de la canasta básica. Por ello, Pemex y los gasolineros han decidido actuar como los valientes guardianes de un muro que separa al ciudadano de la cruel realidad del mercado global. Es, en esencia, un sistema de "colchones" donde el Estado pone las plumas para que el golpe de la realidad sea siempre una caricia.
Esta arquitectura no busca anular el mercado —eso sería demasiado vulgar—, sino "domesticarlo". La soberanía energética, ese concepto que se pronuncia con el pecho inflado y la mirada en el horizonte, se traduce aquí en una señal clara: la energía es demasiado importante para dejarla en manos de los mercados. Al asegurar acuerdos de volumen y precios preferenciales para los gasolineros que se portan bien y mantienen márgenes controlados, Pemex no está vendiendo combustible; está comprando paz social con un descuento corporativo. Es un modelo de "mercado gestionado" donde el brazo productivo del Estado se asegura de que la libre fluctuación sea libre, pero no tanto.
Para el empresario gasolinero, este refrendo es el equivalente a recibir una manta eléctrica en una noche de invierno siberiano. Operar una estación de servicio en el resto del planeta es un deporte de riesgo; en México, gracias a Pemex, es casi una actividad de meditación. Al eliminar la incertidumbre del costo, el gasolinero puede dejar de preocuparse por las gráficas de precios y concentrarse en lo verdaderamente importante: que la bomba marque ceros y que el cliente no note que está viviendo en una burbuja de cristal cuidadosamente diseñada. Es una relación simbiótica donde la paraestatal garantiza el flujo y el empresario garantiza que el beneficio —y el logotipo verde— lleguen al tanque del consumidor sin las molestas distorsiones del mundo exterior.
Sin embargo, mantener este "milagro" de la gasolina inmóvil requiere una disciplina financiera que raya en lo heroico, o quizás en lo creativo. Esta estrategia de precios estables se sostiene mediante una redistribución de la renta petrolera que es casi un truco de magia contable: capturamos los excedentes de la exportación de crudo cuando el mundo está en crisis y los inyectamos directamente en el tanque de la población para que sigan creyendo que el petróleo es, efectivamente, nuestro. Es una transferencia de riqueza que ocurre mientras el ciudadano paga en la caja, sin que nadie mencione el "costo de oportunidad", esa frase aburrida que los economistas usan para arruinar las fiestas de soberanía nacional.
La dimensión geopolítica de este acuerdo es quizás la parte más divertida del libreto. Mientras las potencias occidentales se retuercen en sanciones y transiciones energéticas dolorosas, México se presenta como una isla de estabilidad que desafía las leyes de la física económica. El refrendo con los gasolineros es un mensaje al mundo: no somos espectadores del caos internacional, somos los directores de una obra donde el precio de la gasolina regular es el protagonista que nunca envejece. Esta resiliencia no es otra cosa que la capacidad de un Estado para gestionar la realidad hasta que esta se ajuste a sus necesidades políticas, evitando los "gasolinazos" con la misma destreza con la que un torero esquiva al toro.
Desde la perspectiva del consumidor, el impacto es una mezcla de alivio y amnesia voluntaria. La previsibilidad permite planificar el presupuesto, sí; pero también fomenta la ilusión de que el combustible es un recurso ajeno a las tormentas globales. Esta estabilidad es el lubricante social que permite que la economía se mueva, aunque sea sobre un suelo de cristal financiado por los excedentes del crudo. Es un subsidio a la movilidad que nos mantiene a todos en una zona de confort donde el "Pura Vida" energético se convierte en la norma, ignorando que el búnker de precios tiene ventanas que, tarde o temprano, reflejarán el incendio del exterior.
El refrendo de acuerdos entre Pemex y el sector gasolinero es el manifiesto de un Estado que prefiere la calma de la planificación a la efervescencia de la libertad de mercado. Es una obra maestra de la técnica económica al servicio de la narrativa nacional, donde la soberanía es el telón y la estabilidad de precios es el aplauso final. El desafío, por supuesto, es que la función debe continuar indefinidamente, porque en el momento en que se abra el telón y se vea la maquinaria de subsidios y estímulos fiscales que sostiene el decorado, el público podría descubrir que la gasolina barata es, en realidad, el truco más caro de la historia. Pero mientras tanto, ¡que siga la música y que no suba el diésel!

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