EL MAPA
DEL OLVIDO
Las fiscalías de México han ensayado una forma atroz de la infinitud: el registro que no registra, el nombre que se desvanece en la burocracia como un adjetivo en un sueño. No estamos ante un error administrativo, sino ante una arquitectura del desdén. Cada expediente traspapelado es una página arrancada del libro del universo. Investigar, para estos funcionarios, parece ser el arte de postergar la verdad hasta que esta se convierta en una mitología de la ausencia.
La Biblioteca de las Sombras
Se dice que el nuevo registro evidencia la negligencia; yo diría que evidencia una teología del descuido. Las fiscalías operan como la Biblioteca de Babel: poseen todos los datos, pero en un orden tal que ninguno es hallable. Un desaparecido en México no es una cifra, es un laberinto sin centro. La negligencia no es falta de acción, es una acción deliberada hacia la nada. El fiscal que no investiga es el autor de una obra de ficción donde los personajes se borran a sí mismos para no incomodar al lector.
"Ser colombiano es un acto de fe, ser mexicano es un acto de resistencia contra la desaparición administrativa."
En el desierto de las fiscalías, los huesos tienen menos peso que los sellos. La justicia se ha convertido en una geometría de círculos viciosos. El informe de *El País* no hace sino confirmar que el Estado ha decidido ser un ciego que finge leer en la oscuridad. Si el registro es nuevo, la infamia es antigua. Cada nombre mal escrito, cada prueba "extraviada", es un tributo a la desmemoria, esa otra forma de la muerte que Borges tanto temía.
Que las fiscalías no investiguen no es un fallo del sistema; es el sistema alcanzando su perfección: un silencio absoluto, una paz de cementerio burocrático donde no hay culpables porque no hay víctimas registradas. El mapa, finalmente, ha sustituido al territorio; y en ese mapa, los desaparecidos son solo manchas de tinta que el tiempo, con ayuda del gobierno, terminará por secar.

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