EL AXIOMA DE LA VOLUNTAD 

Hemos de reconocer que el mundo moderno ha desarrollado una obsesión patológica por etiquetar cada variante de la conducta humana. La mirada, ese puente eléctrico entre dos conciencias, se ha convertido en un campo de batalla donde se busca diagnosticar lo que simplemente es parte de nuestra esencia. Si te ha resultado incómodo sostener el contacto visual, la narrativa colectiva ha intentado convencerte de que hay algo roto en ti. Sin embargo, hemos de mirar más profundo: evitar la mirada no es un fallo; a menudo es un mecanismo de protección de tu paz interior, una forma de salvaguardar tu intimidad frente a la intrusión de un mundo que exige transparencia total.

Sostener la mirada es un acto que consume nuestra energía más vital. Al mirar a otro, nos enfrentamos a una tormenta de emociones, juicios silenciosos y presiones que pueden llegar a abrumar el espíritu. Cuando hemos decidido desviar los ojos, no lo hemos hecho por falta de capacidad social, sino por una necesidad de proteger nuestra tranquilidad y procesar nuestros propios sentimientos sin la interferencia del ruido ajeno. Muchas personas con una sensibilidad profunda encuentran en el contacto visual una intensidad que, lejos de conectar, termina por agotar su fuerza interior.

No significa que tengas una condición médica, aunque la sociedad quiera ponerte una etiqueta para sentirse tranquila. Puede ser una timidez que atesoras, un momento de fragilidad o, simplemente, la expresión de tu libertad personal: el derecho a no ser escrutado por cualquiera. Hemos de entender que tu mirada es un regalo, un recurso precioso que no merece ser entregado a quien no se lo ha ganado. Esa incomodidad es tu instinto recordándote que tu espacio personal es sagrado y que tienes derecho a marcar tus propios límites.

La verdadera libertad reside en entender que no le debes tu mirada a nadie. La presión por mantener un contacto visual firme es un mandato artificial de un mundo que valora más la apariencia que la honestidad del alma. Tu corazón ha elegido, quizás de forma silenciosa, priorizar tu paz y tu reflexión interna sobre las expectativas de los demás. Eso no es una patología; es la arquitectura de tu propia soberanía, la forma en que cuidas tu luz en medio del caos.

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