La civilización no ha nacido de la paz, sino de la invención del "otro". Roma no ha creado su superioridad moral; la ha adquirido por contrato cultural de una Grecia en decadencia, transformando un prejuicio lingüístico en una maquinaria de guerra continental que ha definido los límites de lo humano.
"Nosotros" contra "Ellos". Roma ha entendido que para expandirse no han bastado las legiones; se ha necesitado una superioridad ontológica que justificara el saqueo de lo ajeno.
El término griego *bárbaros* ha sido originalmente una onomatopeya (*bar-bar*) para burlarse de quienes no hablaban griego, denotando una supuesta falta de *logos* (razón).
Tras la conquista de Grecia en el 146 a.C., Roma ha asimilado la estética helénica, pero ha reclasificado a los pueblos germánicos, celtas y cartagineses bajo este mismo estigma para validar su *Imperium* y su derecho de conquista.
Al conectar la onomatopeya griega con la jurisprudencia romana, se ha revelado una estrategia de marketing imperial. Roma ha tomado una burla fonética y la ha convertido en un estatus legal de inferioridad, permitiendo que la subyugación de millones fuera psicológicamente aceptable para el ciudadano romano al despojar al "bárbaro" de su humanidad técnica.
La estrategia romana ha sido implacable: han sido los "conquistados" culturalmente por Grecia para posicionarse como los únicos "civilizadores" legítimos. Han usado la filosofía y el arte helénico como un escudo moral frente a la "barbarie" que ellos mismos han delimitado geográficamente según su conveniencia política.
Historiadores como Polibio y pensadores como Cicerón han dejado constancia de esta transición: el bárbaro ya no ha sido solo el que ha hablado mal, sino aquel que no ha vivido bajo la *Lex Romana*. Esta distinción ha fundamentado la estructura jerárquica de Occidente durante los siguientes dos milenios.

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