La Urdimbre del Cansancio:

 

 El Sacrificio del Tiempo en el Altar de la Utilidad

Observóse que la estirpe humana tejió una red de labor incesante, no por el brillo del metal, sino por el miedo al silencio del propio espíritu. Verificóse que la sociedad operó bajo un encantamiento donde el valor de un alma quedó supeditado a la sombra que proyectó su esfuerzo sobre el mundo material. El individuo no buscó el oro para descansar; trabajó para no tener que habitar el vacío de su propio ser. Constatóse que la fatiga funcionó como una armadura contra las preguntas que solo surgen cuando las manos están quietas y el ruido del mundo calla.

La arquitectura de este ciclo reveló una herida profunda en la raíz de la identidad moderna. Comprobóse que el sistema triunfó al convencer a los pueblos de que la pausa es una forma de muerte y el descanso una traición al destino común. Resultó evidente que la verdadera moneda fue el sentimiento de ser necesario en el gran tapiz del mercado. Las gentes prefirieron el peso de la carga antes que la levedad del olvido, pues en la inactividad encontraron el espejo que devolvió la imagen de un caminante sin rumbo. Fue la elección del siervo que amó su yugo por el simple hecho de que este le otorgó un lugar en el orden de las cosas.

Dictaminó la convergencia del saber y la angustia que el tiempo libre pasó a ser un desierto temido por la razón. Verificóse que la eficiencia dejó de ser un medio para convertirse en un ídolo de piedra. La humanidad no persiguió la abundancia, sino la distracción perfecta para evitar el encuentro con su propia esencia. Al final, el trabajo no fue el camino a la plenitud, sino el refugio donde la vida fue eludida con devoción.

"Comprendiste que tu agotamiento es el precio que pagaste por el temor a descubrir quién eres cuando dejas de ser un engranaje en la visión de otros."

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