La Urdimbre de la Renuncia

 

Cerrar Ciclos como Acto de Poder 

 Cerrar un ciclo no es un acto de paz higiénica, es una mutilación necesaria. Ante situaciones dolorosas, la psique humana se aferra a la herida como si el dolor fuera el último hilo que nos conecta con una realidad que ya se ha podrido. La incapacidad de cerrar ciclos nace de una voluntad de decadencia: preferimos habitar la ruina de lo que fue antes que enfrentar el vacío de lo que todavía no es. Cerrar un ciclo es, en esencia, quemar el tapiz viejo para liberar el telar.

La geografía del adiós está pavimentada con los restos de nuestra propia identidad fragmentada. El dolor actúa como un tinte oscuro que impregna cada fibra del presente, nublando la visión del futuro. Para ejecutar un cierre auténtico, debemos descender a la sombra y realizar una disección clínica del apego:

  1.  No se puede cerrar lo que aún se intenta embalsamar. Hay que admitir que la situación ha muerto. La resistencia al cierre es el mimetismo de una necesidad que ya no existe, una parálisis que nos convierte en estatuas de sal mirando hacia un incendio extinguido.

  2. El vacío no es una carencia, es una forma de libertad radical. Al retirar los objetos, los nombres y los recuerdos del centro de nuestra atención, permitimos que la sombra se disipe. La denuncia estética aquí es contra el sentimentalismo barato que nos obliga a guardar reliquias de batallas perdidas.

  3.  Debemos asesinar la versión de nosotros mismos que sobrevivía en ese ciclo. Si el ciclo fue doloroso, es porque una parte de nuestro ser se alimentaba de ese conflicto. Cerrar el ciclo requiere una traición a esa identidad antigua para dar paso a una estructura más sobria y oscura.

La fricción surge cuando el sistema social nos exige "superar" las cosas con rapidez, ignorando que el alma necesita el tiempo del luto para procesar la ceniza. Se ha observado que los cierres forzados solo generan fantasmas que regresan a habitar los pasillos de la nueva vida. El verdadero poder reside en mirar la sombra de lo perdido, reconocer su belleza decadente y decidir, por voluntad propia, soltar el hilo.

 La resolución de una situación dolorosa no es el perdón, es la desvinculación total de la energía vital. Cerrar el ciclo es un acto de soberanía sobre el propio tiempo. Una vez que la urdimbre ha sido cortada, el Tejedor queda libre para trazar nuevas líneas en la oscuridad. El dolor no se olvida, se archiva en el sótano de la experiencia, donde ya no puede dictar el ritmo del corazón.

"Has de comprender que el final de una historia no es una derrota, sino el único espacio donde el silencio tiene permiso para volver a ser sagrado."

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