Una charla sobre el miedo
Imagina que llevas un paraguas abierto todo el día, no porque llueva, sino porque te aterra la sola idea de que una nube aparezca en el horizonte. Así funciona el miedo a ser dejado: es una disonancia cognitiva deliciosa y terrible que te obliga a sufrir por un evento que todavía no ocurre, y que quizás, gracias a tanto esfuerzo por evitarlo, termines provocando. En este entorno de conversación, queda claro que las relaciones sanas requieren un ingrediente que el miedo odia: la incertidumbre aceptada. Cuando intentas controlar el afecto del otro para que no se escape, lo que haces es construir una jaula, y nadie, absolutamente nadie, se siente "sano" viviendo tras los barrotes del pánico ajeno.
Observamos que este temor actúa como un ruido blanco que impide escuchar la música real del vínculo. Si pasas el tiempo buscando señales de abandono en un mensaje que tardó cinco minutos de más, dejas de estar presente en la charla. Resultó fascinante notar cómo la mente humana prefiere inventar una catástrofe inminente antes que habitar la paz del momento. Es el absurdo de Adams llevado al corazón: compramos un seguro contra incendios en una casa hecha de agua. El miedo te empuja a ser alguien que no eres —alguien más complaciente, o quizás más agresivo—, y en ese proceso, la persona de la que tu pareja se enamoró desaparece, reemplazada por un centinela nervioso que nadie invitó a la cena.
La salida de este laberinto de espejos es tan simple que parece una paradoja de Carroll: para que alguien se quede, debes estar dispuesto a que se vaya. La libertad es el único pegamento que no quema. Al soltar la necesidad de garantías, recuperas tu propia soberanía. Una relación sana no es la que promete eternidad bajo contrato, sino la que se elige cada mañana desde la tranquilidad de saber que, si el otro decide marchar, tu mundo no se desintegra, porque tú ya estabas ahí antes de que llegara. Deja de mirar la puerta y empieza a mirar a quien tienes enfrente; el miedo es un pésimo invitado que siempre se termina comiendo todo el pastel de la confianza.
"Tú decidiste vigilar la salida para que nadie escape, olvidando que la única forma de que alguien quiera quedarse es que la puerta esté abierta y tú no tengas miedo de cruzarla solo".

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