La Condena a la Sensatez de Hume
La máxima de David Hume, "un hombre sabio ajusta su creencia a la evidencia", funciona como un escalpelo que separa la fe del entendimiento. En una realidad saturada de narrativas que privilegian el deseo sobre el dato, la sentencia del filósofo escocés se erige como una defensa del escepticismo metódico. Se ha observado que la mente humana posee una tendencia innata al mimetismo de la creencia, prefiriendo la comodidad de la certeza antes que el esfuerzo de la verificación. Hume propone una inversión de este proceso: la creencia no debe ser el punto de partida, sino el resultado de un cálculo preciso basado en la repetición y la experiencia
El distanciamiento clínico de esta propuesta revela que la sabiduría es, en última instancia, una forma de disciplina estadística. Ajustar la creencia a la evidencia implica una renuncia a la pasión y una aceptación de la finitud del conocimiento. La condición humana se encuentra atrapada en la necesidad de significados absolutos, pero la lógica de Hume impone una restricción necesaria: solo lo que es demostrable posee el derecho de ser creído. Esta postura no es un rechazo a la vida, sino un experimento para documentar la realidad sin los filtros del autoengaño, transformando el acto de pensar en un ejercicio de economía intelectual donde el riesgo de error se minimiza mediante la observación constante
La advertencia de Hume ha desnudado la arquitectura de nuestra racionalidad. El sabio no es quien más sabe, sino quien mejor administra sus dudas, reconociendo que la evidencia es el único combustible legítimo para la hoguera de la convicción en un mundo que prefiere arder en la fantasía.
"¿Qué tan dispuesto estás a dejar que la realidad destruya tus creencias más queridas, sabiendo que la única verdad que importa es la que sobrevive al juicio de la experiencia?".

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