Anatomía de la Recaída en Enero
La redacción exhala un aire viciado, cargado de promesas incumplidas y el aroma amargo de los ceniceros que alguien juró no volver a usar. Entre calendarios recién estrenados que ya muestran las primeras tachaduras y el eco de brindis que ahora suenan a reproche, la fragilidad de la voluntad se vuelve tangible. Enero no es un lienzo en blanco; es un campo de minas emocional donde la euforia de las uvas choca de frente con la cruda resaca de la realidad.
El fenómeno de las recaídas en el inicio del año responde a una saturación del sistema de recompensas. La "cuesta de enero" no es solo financiera; es un agotamiento de dopamina tras el bombardeo de estímulos de diciembre. La sociedad ejerce una presión invisible para "reiniciarse", pero el cerebro no entiende de fechas fiscales. Cuando la presión por el cambio perfecto se vuelve insoportable, el antiguo hábito aparece no como un enemigo, sino como un mecanismo de defensa erróneo para gestionar la ansiedad del vacío que deja el fin de la fiesta.
La prevención efectiva requiere desmantelar la narrativa del "todo o nada". La recaída comienza mucho antes del consumo; se gesta en el aislamiento, en el abandono de las rutinas de autocuidado y en la soberbia de creer que el cambio de año borra la vulnerabilidad.
La deconstrucción de este ciclo revela que la verdadera victoria no está en la ausencia de tentación, sino en la capacidad de navegar la vulnerabilidad sin máscaras. Enero es el mes de los impostores; sobrevivir a él requiere la valentía de aceptar que somos seres en reparación perpetua.
"No te ha fallado el año, te ha fallado la expectativa de ser otro sin haber sanado al que eres hoy; levántate y limpia el polvo de la caída".

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