El Genoma de la Inequidad
He caminado por los pasillos de una clínica comunitaria en el noreste de Brasil, donde los datos del SISVAN (Sistema de Vigilancia Alimentaria y Nutricional) dejan de ser números para convertirse en rostros. El aire se siente pesado, saturado por el aroma dulzón de los jugos artificiales que los niños sostienen como amuletos de saciedad. Aquí, el silencio es el letargo de metabolismos que han sido forzados a trabajar en modo de ahorro extremo. Frente a mí, una madre sostiene un expediente: su hijo de 5 años presenta un retraso en la talla (stunting), pero su IMC lo sitúa en el rango de obesidad. Es el "Colapso de la Proporción Áurea": un cuerpo que se ensancha porque no tiene los ladrillos de proteína necesarios para elevarse, un fenómeno que afecta ya a más de 6.4 millones de niños brasileños con exceso de peso.
He analizado los neurotransmisores de esta crisis y el diagnóstico es una disonancia alimentaria profunda. En los hogares con ingresos inferiores a 0.5 salarios mínimos en Brasil, la obesidad es el grito de un organismo "secuestrado" por los ultraprocesados. He verificado que el growth faltering actúa como un mecanismo de defensa cuántico: según el estudio ENANI-2019, mientras que la desnutrición crónica (talla baja) afecta al 7% de los menores de cinco años, el sobrepeso alcanza al 13.2% en el mismo grupo. La paradoja es total: el hambre ha mutado en inflamación.
La vulnerabilidad radica en la plasticidad neuronal del infante. Un niño en entornos de inseguridad alimentaria moderada o grave —condición que afecta a 33.1 millones de personas en Brasil según la red PENSSAN— desarrolla una resistencia a la insulina antes de aprender a leer. He triangulado datos que muestran cómo el cortisol altera el eje hipotálamo-hipofisario, ordenando al cuerpo acumular grasa visceral. El ultraprocesado es el "caballo de Troya": el consumo de estos productos en Brasil representa ya el 20% de las calorías totales, pero en los estratos más pobres, esta cifra se dispara debido a que son un 50% más económicos que los alimentos frescos. Estamos presenciando una mutación forzada donde el átomo humano se deforma para encajar en una economía que factura enfermedades crónicas: el 33% de los niños brasileños de 5 a 9 años ya presentan sobrepeso, una bomba de tiempo para el sistema público de salud (SUS).
He concluido que el sobrepeso en la pobreza brasileña es la cicatriz visible de una herida invisible en el suministro de micronutrientes como el hierro y la vitamina A. No podemos tratar la obesidad infantil sin antes sanar la relación del sistema con el mercado de alimentos. Hemos de entender que cada centímetro que un niño no crece es una victoria de la entropía social sobre su potencial genético. Sin una intervención que devuelva la soberanía del alimento real a las comunidades, el futuro de Brasil seguirá pesando más de lo que sus piernas pueden sostener, con una proyección de que para 2030, el 23% de los niños brasileños vivirán con obesidad.
"Has comprendido que cuando un sistema le niega la altura a un niño, su cuerpo no tiene más remedio que expandirse hacia los lados para no desaparecer del todo."

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