Disonancia y Estigma: El Espectáculo de la Crisis de Opioides
La opinión pública se basa en una paradoja: se reconoce la adicción como un problema médico, pero se castiga al individuo como si fuera un error de software moral. Es el disparate definitivo: tratar un incendio químico en el cerebro con el extintor del reproche social.
Estudios de opinión revelan que mientras una mayoría apoya el acceso a tratamientos como la naloxona, un porcentaje similar mantiene prejuicios que dificultan la integración de quienes sufren de OUD (Trastorno por Uso de Opioides).
La **disonancia cognitiva** surge cuando el público ve al opioide como el villano absoluto, pero al usuario como un cómplice voluntario, ignorando el secuestro neurobiológico de los receptores mu.
El miedo a la sobredosis con el estigma, la sociedad crea una lógica subversiva. Decimos "salven vidas", pero añadimos un "pero no en mi vecindario". Esta burla de la convención oculta una filosofía del disparate: queremos soluciones mágicas para problemas estructurales mientras nos aferramos al confort de juzgar al caído La crisis de opioides es el espejo donde la "normalidad" se ve a sí misma y decide que la culpa es una herramienta terapéutica válida.
La Realpolitik del estigma es clara: mantener al usuario de opioides en la periferia moral permite al resto sentirse a salvo de una biología compartida. Usamos el humor cínico o la indiferencia para no enfrentar el hecho de que el dolor es el gran unificador de nuestra especie.
La paradoja final es que el estigma mata más que la propia sustancia, al empujar a las personas a la oscuridad del consumo solitario para evitar el juicio de una sociedad que presume de ser informada.

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