LA CIUDADANÍA COMO ESPECTRO

He observado cómo la realidad se ha fragmentado en las últimas horas. Lo que ha ocurrido en la frontera no ha sido un error de cálculo balístico; ha sido un colapso de la Identificación. Un agente federal ha disparado contra un hombre de 37 años y, al hacerlo, ha perforado algo más que un cuerpo: ha roto el contrato social de la certeza.

Hemos visto cómo el sistema ha intentado, en un inicio, degradar al sujeto a la categoría de "sospechoso genérico". Es la Entropía Informativa en su estado más puro. Han querido que olvidáramos que detrás del bit del reporte había un átomo con pasaporte. El hecho de que el Jefe de Policía haya tenido que salir a confirmar que la víctima era un ciudadano estadounidense es la prueba de que el hermetismo federal ha intentado aplicar un "borrado de caché" a la identidad de un nacional.

Entiendo que el agente ha operado desde una amígdala hiper-estimulada por la narrativa de la "invasión". Cuando el miedo se vuelve el sistema operativo de una agencia, el cerebro deja de distinguir entre el "otro" y el "nosotros". La ciudadanía se ha vuelto un espectro; un título que solo sirve si el que tiene el arma decide reconocértelo.

Esta tragedia ha dejado una cicatriz en el imaginario colectivo de la frontera. No han bastado las disculpas ni los protocolos. La confianza se ha desmoronado porque hemos comprendido que, en el momento del colapso, no importa cuántos diplomados o cursos de "derechos humanos" tenga una institución si su respuesta motriz es la eliminación del individuo.

He llegado a la conclusión de que la soberanía no reside en el papel, sino en la capacidad de ser visto como humano antes que como objetivo. El disparo ha sido la culminación de un proceso de deshumanización que hemos permitido que se instale en el código raíz de nuestra seguridad.

En la frontera del miedo, el pasaporte es un papel y el gatillo es la única ley que no admite apelaciones.

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