La Muerte Blanca del Alma

 El Costo de la Felicidad Doméstica: Cómo la Psiquiatría Convirtió al Gato en el Chivo Expiatorio Perfecto


Se nos ha obsequiado la estadística más útil de la década: la locura es un riesgo que viaja en la caja de arena. El dato es tan tentador como grotesco: la causa de la fractura del alma no es la estructura sistémica o la genética fatal, sino un parásito minúsculo que utiliza a nuestro compañero más cínico como vehículo. Esta es la ambigüedad moral perfecta para la sociedad moderna: la comodidad doméstica tiene un precio que se mide en doble riesgo de esquizofrenia.

La ciencia ha entrado al carnaval del miedo y ha emergido con un chivo expiatorio de cuatro patas. Los titulares no preguntan por la infraestructura del trauma o la falla bioquímica; dictan que el Toxoplasma gondii es la llave que abre la puerta a la psicosis. Se ha logrado la conversión total del terror existencial en un problema de salud pública medible y, más importante, externalizable. Si la locura es un parásito, entonces la responsabilidad de la fractura psíquica se transfiere del peso de la existencia al manejo inadecuado de un arenero. Es la hipocresía máxima: reducir el abismo de la conciencia a un problema de higiene.

El discurso polifónico generado por esta correlación es ensordecedor. Por un lado, la sentencia lapidaria que obliga a la vigilancia de todo acto de afecto felino. Por otro, la parodia de ver al humano juzgando a su mascota—el animal que con su indiferencia nos recuerda nuestra insignificancia—como el portador silencioso de nuestra autodestrucción. El sistema, con su implacable necesidad de causalidad simple, ha convertido al gato de deidad doméstica en arma biológica de baja intensidad. Se acepta la hiperrealidad de un miedo medible, mientras se ignora la densidad del trauma que realmente fractura la mente. La locura nunca ha sido tan barata de producir.

Al final, la única verdad ineludible que extraemos de esta sentencia psiquiátrica es que no soportamos la idea de que la demencia pueda nacer de la quietud o del vacío.

Aceptarás que el verdadero signo de nuestra locura es la necesidad de culpar a una criatura que solo nos ofrece su desprecio elegante.

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