LA DIALÉCTICA ENTRE EL TIEMPO Y LA JUSTICIA
Por: Profesor Bigotes
La reciente postura sobre las acusaciones judiciales contra Raúl Castro —cuestionando la pertinencia de perseguir eventos que han quedado sepultados bajo tres décadas de polvo histórico— trasciende la simple coyuntura diplomática para instalarse en el núcleo de la tragedia humana: la inevitable erosión de la memoria y la obsolescencia de la venganza disfrazada de justicia. Cuando un jefe de Estado interroga el "sentido" de una acción penal dilatada en el tiempo, está invocando, sin saberlo, la fragilidad de nuestra propia existencia. La pregunta no es procedimental; es una disección del tejido social que intenta equilibrar la paz necesaria para sobrevivir con el imperativo moral de no olvidar.
El paso de treinta años no es una línea recta, sino un naufragio lento en el mar de nuestra consciencia. Al igual que el corazón humano aprende a convivir con el trauma suavizando sus bordes para no romperse, las naciones integran el pasado en relatos que priorizan la estabilidad del presente sobre el ajuste de cuentas. Esta "amnesia estratégica" es, en realidad, un mecanismo de defensa contra el absurdo de intentar castigar un mundo que ya ha dejado de existir.
Cuestionar estas acusaciones sugiere una verdad incómoda: el derecho penal, cuando se ejerce como un arma de asedio contra fantasmas de un tiempo remoto, corre el riesgo de convertirse en un teatro de sombras. Si el propósito de la ley es restaurar el orden, ¿qué clase de orden se restaura al exhumar un expediente cuyo origen se encuentra en un contexto geopolítico convertido ya en cenizas? La ley busca la permanencia, pero el tiempo es un depredador que devora la veracidad de los hechos, dejando solo ecos que, al ser interpretados hoy, pierden su intención y su color original.
Desde esta perspectiva, la tensión que observamos es el choque entre dos mundos irreconciliables. Quien observa una acusación contra un actor histórico por hechos de hace tres décadas, no ve una amenaza real; ve una reliquia. Al despojar al hecho de su carga emocional original, la justicia se transforma en un ejercicio vacío, una coreografía burocrática que intenta, en vano, recrear el fuego en un lugar donde hace años que solo queda hielo.
Lo que aquí se dirime no es la inocencia o la culpa de un hombre, sino la soberbia de las instituciones que creen poder dictar sentencia sobre un pasado que, por naturaleza, les es inaccesible. Si el derecho se convierte en una máquina de desenterrar muertos sin propiciar el descanso de nadie, erosiona su propia autoridad ante una sociedad que vive, por desesperación y necesidad, en la inmediatez de sus días. La política exige olvido para seguir respirando; la justicia exige memoria para justificar su existencia. En esa grieta, donde se ahoga la razón, es donde se construye el drama de nuestra historia.

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